Mientras estaba escuchando la radio, y escuchaba esa voz, podía
sentir el peso del cuerpo, y la temperatura del aire, aunque no quería
distraerse de lo que estaba escuchando, podía oír claramente
el ruido de fondo y el sonido de mi voz, sus ojos vagabundeaban por su
alrededor, sin hacerle caso a su voluntad, y notaba el color de la piel
y la intensidad de la luz, no podía dejar de pensar en la respiracion
y los procesos digestivos, era consciente del cambio de foco de los ojos
y el parpadeo, aunque no quisiera podía sentir la dilatacion y contracción
de las pupilas, sabía el motivo del movimiento del aire y su transparencia,
sentía la urgencia, la necesidad de prestar atencion, estaba totalmente
seguro de la necesidad de alimentarse y de beber, incluso le pesaba el
conocimiento de tener dos ojos y dos oidos, podía, aunque no quisiera,
entender lo que digo y escuchar lo que digo, ya había leído
el diario de hoy aunque todavía no leyó el diario de ayer,
en el diario hablaban de la luz que me ilumina y en la radio mostraron
el sonido que me envuelve, sabía el motivo del cansancio del día
y eso le llevaba a un sentimiento de bienestar y de calma, como sentir
la sensacion del paso del tiempo o sentir la sensacion de que el tiempo
no pasa, lo acompañaba a donde fuera una voz en su cabeza, tan real
como una voz fuera de su cabeza, voces que le hablaban de la calma y el
relajamiento, voces que le hacían sentir los dedos de la mano y
los dedos de los pies, era inevitable, necesario, importante, urgente,
sentir interés, era algo tan cierto como oir la respiracion y los
latidos del corazón, lo sabía con la misma certeza de saber
lo último que comió, como saber mi nombre, algo tan
obvio, simple y cotidiano como saber que tengo uñas y pelos, o como
saber que estoy escuchando, era algo tan importante y fácil como
conocer el gusto del agua, conocer el color del cielo, o conocer el sonido
del viento, o como conocerme a mi.
Por supuesto, después de todo esto quedaba mareado, confundido,
demasiados estímulos a su alrededor, un mundo, un universo, infinito,
si trataba de capturar la realidad, simple, cotidiana, que lo rodeaba,
era imposible, nunca podría terminar, cuanto más trataba
de estar consciente de lo que lo rodeaba, más y más el mundo
parecía perder importancia y desaparecer, el único recurso,
la única defensa contra la saturación de los sentidos era,
justamente, apagar todos los sentidos y pasar a su interior, entrar a la
casa que era su mente, prender la calefacción, y olvidarse de todo,
olvidarse de lo que lo rodeaba, olvidarse del mundo, olvidarse de sus problemas,
y sentir esa calma y seguridad, sentirse como dentro de una gran caverna,
cálida, cómoda, oscura, segura, muy segura, como flotando
en el agua, flotando, en un líquido caliente, una luminosidad rosada,
flotando, seguro, cómodo, confortable, flotando, sólo flotando,
nada que hacer, sólo escuchar, escuchar sonidos, escuchar voces,
escuchar música, en comfort y en seguridad, y olvidarse de todo,
y sólo pensar, pensar en que las cosas pueden ser distintas, en
que ese sentimiento de calma y seguridad puede durar toda la vida, un pensamiento
cálido en un día frío, una sensación de comfort
en el des-confort, sabiendo, que sola-mente en esa casa, hay muchas habitaciones,
habitaciones que no conocía todavía, habitaciones llenas
de cosas, cosas que todavía no conocés del todo, pero que
están, y pueden servirte para mejorar tu vida, esas cosas son un
tesoro, un tesoro que tenés y no conocés bien, pero que lo
tenés y es tuyo, y lo podés usar, un tesoro que te acompaña
a todas partes, un tesoro que nadie te pude robar, porque es tuyo y es
parte tuya, y siempre va a estar con vos, sólo hay que abrir la
puerta, entrar en la habitación cerrada, y usar ese tesoro, ahora,
sabía que podía estar tranquilo, en calma, y en seguridad,
dentro de esa casa, un lugar para explorar.
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31 de mayo de 1996 muere Timothy Leary
William S. Burroughs, introducción a 'Flashbacks' por Timothy Leary.
La primera vez que me encontré con Timothy Leary en Tanger
en el verano de 1961, ya había formulado un plan explícito
y de largo alcance para convertir al mundo a las drogas psicodélicas.
Tim me consideraba un pionero psíquico, quizá porque yo había
ido a Sud América en 1952 para encontrar la planta alucinógena
'yague' y experimentar sus efectos. Mi propia primera experiencia con psilocibina,
sin embargo, fué menos que beatífica, y luego aprendí
que quizá la única droga psicodélica bien ajustada
a mi sistema nervioso es el cannabis.
Luego, ese mismo año, cuando visité a Timothy y
sus colegas en Newton, Massachusetts, los encontré abiertamente
entusiastas, si no mesiánicos, sobre estas drogas, y ciertamente
no tan científicos como me hubiese gustado verlos.Mirando hacia
atrás, ahora, con la perspectiva de casi tres décadas, reconozco
que ellos debían estar llegando a algo, de otra forma, por qué
su empresa provocó tal pánico y persecución por parte
de las autoridades secretas de ese tiempo? Claramente, muchas de las libertades
sociales de el mundo actual occidental fueron facilitadas por la introducción
y la diseminación de esos antiguos químicos para cambiar
la mente, y sus contrapartidas del siglo veinte, como el LSD.
Es fascinante mirar hacia atrás y darse cuenta de que
brillante red de conexiones sociales, científicas, artísitcas
y políticas fué involucrada y activada por los primeros días
de la experimentación psicodélica, y Tim Leary estaba ahí
mismo en el medio de esa red. Justo a tiempo, el poeta Allen Ginsberg se
conectó con él en 1960, y la determinación de Allen
para democratizar esta experiencia de la droga y compartirla con la gente
común encajaba bien con la mentalidad igualitaria de Timothy y pudo
haber sido decisiva en lanzar a Timothy en su posterior carrera como el
sembrador del LSD. Ese fue un punto de inflexión en la historia
del efecto de esos compuestos en nuestra sociedad, ya que antes de esa
época generalmente estaban reservados a una grupo auto-seleccionado
de elite psicodélica que advertía a los recien llegados de
los graves peligros que les esperaban si compartían el 'conocimiento
secreto' con los no iniciados.
En efecto, como está claro en el excelente libro de Martin
A. Lee y Bruce Schlain, 'Sueños ácidos', la agencia central
de inteligencia de los estados unidos, la CIA, estuvo ahí primero,
o por lo menos al mismo tiempo, y sin su penetrante y secreto soporte
de la investigación psicodélica durante los años 1950
y 1960, la tierra no hubiese estado tán fértil para la introducción
de las drogas psicodélicas en la sociedad como resultó en
los 60. Pero la CIA estaba buscando una droga de la verdad, o por lo menos
un agente incapacitante para la guerra química, y en retrospectiva,
consiguieron más de lo que habían pagado: el doctor Leary
y sus legiones de jóvenes viajeros del ácido escaparon de
la caja de Pandora de la CIA en poco tiempo, y en esa gran tradición
americana, el 'conocimiento secreto' fue enseguida compartido ampliamente,
distorsionado inevitablemente y peligroso a veces, pero tan profundamente
influencial sobre nuestra era que su impacto difícilmente pueda
ser sobreestimado.
A pesar de mi reacción disgustada original al 'Doctor
Tim' y sus payasadas de salvar al mundo, (no era menos escéptico
en ese momento de las aspiraciones similares de mi querido amigo Allen
Ginsberg), lleegué a ver a Timothy como un verdadero pionero de
la evolución humana. Nunca limitándose en arriesgar todo
en persecución de su sueño idealista de iluminación
psicodélica universal, sufrió enormemente a su servicio:
tenazmente perseguido y acosado por las autoridades, despedido de Harvard,
severamente aprisionado por una infracción menor con marihuana,
(por lo menos esa era su excusa), amenazado por sus 'sabios' de las Panteras
Negras por incorrección política, e injustamente acusado
en la contra-cultura de ser un informante policial cuando finalmente recuperó
su libertad en 1975.
Y habiendo resistido todas esas tormentas, Timothy Leary rebotó
y está cada vez mas fuerte hoy, ahora en el final de sus sesenta
años. Sigue siendo un verdadero visionario del potencial de la mente
humana y del espíritu. En sus muchos libros, consolidó las
antiguas sabidurías psíquicas y las moldeó en términos
modernos, así pueden ser útiles para los exploradores espirituales
del siglo veintiuno. Viejos amigos y maduros viejos combatientes, todavía
tenemos nuestras diferencias, de personalidad, estilo, apetito por la política,
pero en esto estamos firmemente solidarios.
Esta es la edad espacial, y aquí vamos.
William S. Burroughs
Diciembre de 1989
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Mi concepción de mi concepción
por Timothy Leary
(De 'flashbacks' 1983-1990, por Timothy Leary)
Fuí conebido en una reserva militar, West Point, Nueva
York, en la noche del 17 de enero, 1920. El día anterior el alcohol
se había convertido en una droga ilegal.
Los registros de la academia revelan que hubo un baile esa noche
de sábado en el club de oficiales. Ahora que el alcohol era ilegal,
la ingestión de alcohol etílico tomó implicaciones
glamorosas y pícaras. Los estrepitosos veinte estaban por comenzar.
Mi madre, Abigail, a menudo recordaba que durante su embarazo
el olor al licor destilado y al gin hecho en bañadera colgaba como
un smog ilegal sobre las habitaciones de los oficiales. Mi padre, Timothy,
conocido como Tote, estaba a punto de convertirse de bebedor social a la
adicción al alcohol. En su entrenamiento para mi futura vida me
solía decir que la prohibición era mala pero no tan mala
como nada de alcohol.
Era una noche muy especial. Uniformes de gala azules, guantes
blancos, vestidos largos, peinados cortos. La seductora pero virtuosa Abigail,
según todos los testimonios, era la mujer más hermosa en
el puesto, pelo negro azabache, piel color blanco lechoso, figura curva
como para una revista.
Tote se comportaba con arrogancia, como de costumbre. Siempre
deportista, estaba parado en la barra, alto, delgado, sirviendo una droga
recreativa ilegal desde un frasco de bolsillo plateado en los vasos del
capitán Omar Bradley, el capitán Geoffrey Prentice y el teniente
George Patton.
Abigail, abandonada en la mesa con mantel de lino, iluminada
por velas, hablaba con su amigo, el general Douglas MacArthur, superintendente
de la academia miltar, quien le pidió ir a bailar. La orquesta tocaba
'just a japonese sandman'. El teniente Patton, un mujeriego notorio, los
interrumpió.
Luego, Tote se aproximó a la mesa de Abigail. Balanceándose
un poco al ritmo de el 'vals de Missouri', mi padre dijo 'Mirate sentada
acá, tan correcta como la Virgen María. Voy a llevarte par
un poco de anunciación'.
Abigail, con su elegante equilibrio comprometido solamente por
el más ligero sonrojarse, guardó su abanico, se levantó
con gracia, saludó alegremente a sus compañeros, y caminó
hacia el guardarropas.
El capitán Timothy Leary condujo su Packard inestablemente
a la casa en el barrio de oficiales, tarareando 'alguien se robó
a mi chica'. Mi madre se retiró a la habitación, se puso
su camisón, se arrodilló al lado de la cama y rezó.
Salve, madre, llena de gracia
Tote mezcló una bebida de gin destilado. Vaciando su vaso,
ascendió inestablemente a la habitación, se sacó su
chaqueta azul naval con las dos barras plateadas, sus zapatos negros, sus
medias de seda negras, su ropa interior blanca. Se acostó al lado
de Abigail e iniciaron el acartonado ritual de fertilización típico
de su generación.
Aproximadamente dos semanas antes, un espléndido, único,
aventurero huevo había sido seleccionado cuidadosamente de la reserva
de un millón de huevos almacenados en el cuerpo de mi madre y lenta,
dulcemente resbaló hacia abajo en su suave, aterciopelada autopista
falopiana hasta que alcanzó, en la noche del 17 de enero de 1920,
el encuentro predeterminado.
El señor es contigo
En el momento del clímax, Tote depositó más
de 400 millones de espermatozoides en el 'tracto reproductivo' de mi madre.
Las opiniones todavía varían en los círculos
científicos sobre lo que ocurrió. De acuerdo a los escenarios
biológicos tradicionales, los 400 millones de espermas, uno de los
cuales llevaba la mitad de mi, inmediatamente iniciaron una especie de
carrera olímpica de natación, empuándose, saltando,
retociéndose freneticamente en un crol australiano o golpes flagelantes
de cola para ganar la competencia, violar a la pobre, dócil, receptiva
señorita huevo. La reproducción ocurriría cuando el
esperma exitoso penetraba el huevo por la fuerza.
Yo rechazo apasionadamente esta teoría de la concepción.
No fui reproducido. Fui creado por un proceso inteligente, teleológico,
de elección natural. El desprestigiado Lamark resulta estar
correcto en el importante nivel del ácido ribonucleico. Como vos,
yo fuí preciamente, inteligentemente re-creado para actuar un papel
nacesario para la evolución de nuestra herencia genética.
La selección de el esperma fertilizante y la decisión sobre
la división final de cromosomas fue hecha por el huevo. Fue el 'ella'
en mi quien tuvo la última palabra.
Bendita tu eres entre las mujeres
Me encontré disparado dentro de el laboratorio re-creacional
de Abigail, exactamente donde se suponía que yo debía estar,
en una cueva oceánica cálida, rosada, pulsando con señales
perfumadas e instrucciones químicas, disfrutando del deleite inefable
descripto por los místicos.
Adelante y arriba vi, para mi asombro, que la señorita
huevo, lejos de ser una burbuja pasiva y tonta con tacos redondos esperando
ser volteada por algún esperma musculoso recien llegado, sin respiración
y sudoroso, era un sol luminiscente, irradiando una inteligencia asombrosa,
rodeado por campos magnéticos brillando con exploradores fosforecentes
de radar y defensas laser.
Con este huevo elegante, educado y experimentado en particular,
uno no le salta adentro con un celo de macho. Calmo, maduro, yo estudié
sus muchas apeturas sensoriales, tratando de descifrar las señales
que emitía, tatando de descubrir lo que las mujeres quieren. Mi
carrera dependía de eso. Naturalmente, realicé algunos trucos
para atraer su atención. Deben haber funcionado, porque una suave
atracción magnética me llevó flotando suavemente a
lo largo de el Gran Canal Ovarico, subiendo el boulevard de los genes rotos,
sintiendome medido, atesorado, y en alguna risueña manera, solicitado
y enseñado.
Y bendito sea el fruto de tu vientre
Fui introducido suavemente en esta suave, cremosa casa, mi delgado
y serpentino cuerpo chisporroteando de placer. Cuanto más era empujado
a esta esfera solar, lo más que me disolvía en remolinos
de cálida inteligencia.
Adios. Hola.
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Estaba casi quebrado, y las propuestas de empleo eran pocas. Hasta
el año anterior, yo había sido un exitoso psicólogo,
autor de muchos trabajos científicos y dos libros bien vistos para
el diagnóstico de la personalidad. Después de dieciseis años
de investigación y docencia, había abandonado mi puesto como
director de investigación psicológica del hospital de la
fundación Kaiser, Oakland, California, porque me sentía confundido
sobre mi profesión. Por diez años mi equipo de investigación
había mantenido una estadística sobre el éxito de
la psicoterapia. Descubrimos que no importaba qué tipo de tratamiento
psicoterapéutico se usaba, los mismos resultados desalentadores
ocurrían. Un tercio de los pacientes mejoraba, un tercio seguían
igual, y un tercio empeoraba. Los grupos de control que no recibían
nungún tratamiento mostraban los mismos resultados.
Con todos sus esfuerzos, la psicología toavía no
había desarrollado una manera de cambiar el comportamiento humano
en forma significativa y predecible. Me encontré practicando una
profesión que no parecía funcionar.
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La primera vez que Timothy Leary tomó una droga alucinógena: Hongos sagrados en México, teonanacatl, la carne de los dioses, en 1960.
Empecé a sentirme extraño. Como si hubiese respirado
algún gas dental. Ligeramente nauseado. Disociado. Alejándome,
lejos del grupo vestido en trajes de baño, en una terraza bajo el
brillante sol mexicano. Todo estaba palpitante de vida, incluso los objetos
inanimados.
Bruce se ocupó escribiendo, sus delgados hombros doblados
sobre el anotador como un psicoanalista vienés. El científico.
Pero no tenía idea de qué estaba observando. Esta revelación
profesional me golpeó como inmensamente cómica. Riendo. Riendo.
Risa. No podía dejar de reír.
Todos me miraron asombrados. Su extrañeza aumentó
mi diversión. Bruce miró hacia arriba, su roja lengua asomando
de la espesura de su barba.
Me reí de nuevo, de mi propia pomposidad diaria, la angosta
arrogancia de los estudiosos, la imprudencia de lo racional, la presumida
inocencia de las palabras en contraste con los panoramas crudos, ricos,
cambiantes que inundaban mi cerebro.
Entré caminando a la casa, me tiré a la cama. Dettering
me siguió, mirando.
"Lo ves, Dick? Nuestras pequeñas mentes?"
Hizo que si con la cabeza. Bien, lo veía. Empezó
a reirse.
Dejé pasar al deleite, como hicieron los místicos
por siglos cuando espiaban através de las cortinas y descubrían
que este mundo, tan manifiestamente real, ere realmente un pequeño
escenario decorado construido por la mente. Había un mar de posibilidades
allí afuera (allí adentro?), otras realidades, una matriz
infinita de programas para otros futuros.
Volviendo hacia la terraza. Hola, mi paso había cambiado
a un deslizarse de patas de goma. La habitación estaba aparentemente
llena de un líquido invisible. Ondulé hacia la Poeta Betty.
Su cara clásica se abrió como una flor. Estaba en algún
lugar de deleite. Estaba Ruth Dettering parada al lado de la puerta. Nadé
hacia ella.
"Mirá, Ruth," dije, sonando sorprendentemente normal,
"esos hongos son más fuertes de lo que yo esperaba. Pienso que deberías
mandar a los chicos a ver una película en la ciudad y darle a la
sirvienta la tarde libre. Quedate cerca y vigilá las cosas".
Y entonces me perdí en el fabuloso departamento óptico.
Palacios del Nilo, templos Hindues, tocadores Babilónicos, tiendas
beduinas del placer, gemas brillantes, túnicas tramadas de seda
respirando color, mosaicos ardiendo con esmeraldas, rubies de Burma, zafiros
de Ceilán. Aquí vienen esas serpientes enjoyadas, esos reptiles
mosaicos deslizándose, enroscándose, revolcándose
por el desague del medio de mi retina.
Después vino un viaje a través de la evolución,
garantizado para todos los que se anotan en este tour del cerebro. Deslizándose
hacia abajo por el tubo de la recapitulación hacia esas antiguas
salas de proyección del medio del cerebro: tiempo de serpiente,
tiempo de pez, tiempo bajando la palmera gigante de la jungla, tiempo de
hojas de helecho de encaje verde.
Calmadamente observando la primera cosa marina arrastrarse a
la orilla, me recosté con ella, la arena raspando bajo mi mejilla,
y luego floté hacia abajo dentro del océano verde profundo.
Hola, yo soy la primer cosa viviente.
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Como las drogas psicodélicas nos exponen a diferentes niveles de percepción y experiencia, su uso es definitivamente una empresa filosófica, obligándonos a confrontar la naturaleza de la realidad y la naturaleza de nuestros frágiles y subjetivos sistemas de creencias. El contraste es lo que gatilla la risa, el terror. Descubrimos abruptamente que estuvimos programados por todos esos años, que todo lo que aceptamos como realidad es solamente una fabricación social.
En los veintiun años desde que comí hongos en un
jardín de México, dediqué la mayor parte de mi tiempo
y energía a la exploración y la clasificación de esos
circuitos del cerebro y sus implicaciones para la evolución, pasada
y futura. En cuatro horas al lado de esa pileta de natación en Cuernavaca
aprendí más sobre la mente, el cerebro, y sus estructuras
que lo que aprendí en los quince años previos como psicólogo
diligente.
Aprendí que el cerebro es una biocomputadora sub-utilizada,
conteniendo billones de neuronas jamás accedidas. Aprendí
que la consciencia normal es una gota en un océano de inteligencia.
Que la consciencia y la inteligencia pueden ser expandidas sistemáticamente.
Que el cerebro puede ser reprogramado. Que el conocimiento de cómo
opera el cerebro es el tema científico más importante de
nuestro tiempo. Yo estaba desdoblado de entusiasmo, convencido de que habíamos
encontrado la llave que estábamos buscando.
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Diciembre de 1960
Frank y yo estábamos en el estudio cuando el poeta Allen
Ginsberg y Peter Orlovsky (quienes habían tomado dieciocho pastillas
de psilocibina unas horas antes) vinieron pareciendo hermitas medioevales.
Ambos totalmente desnudos. Bueno, no totalmente. Allen tenía puestos
sus anteojos. Levantó un dedo con un brillo loco y santo en sus
ojos.
"Soy el mesías. Bajé a predicar el amor al mundo.
Vamos a recorrer las calles y enseñarle a la gente a que deje de
odiar."
"Suena como una buena idea", dijo Frank. Pero no saltó
de la silla para empezar la cuzada.
"Vamos", dijo Allen, "vamos a salir a las calles de la
ciudad para hablarle a la gente sobre la paz y el amor. Y luego vamos a
hablar por teléfono con muchos líderes importantes para solucionar
este tema de la Bomba de una vez y para siempre."
"Bien", dijo Frank, "pero por qué no hacen primero lo
del teléfono?"
"A quién vamos a llamar?" preguntó Peter.
"Bueno, vamos a llamar a Kerouac en Long Island y Kennedy y Khruschev
y William Burroughs en Paris y Norman Mailer."
"A quién vamos a llamar primero?" preguntó Peter.
"Empecemos con Khruschev" dijo Allen.
"Por qué no empiezan con Kerouac?' dijo Frank.
Allen llamó a la operadora. Las dos delgadas figuras se
inclinaron hacia adelante, poseidas por un fervor sagrado para distribuir
la paz. Parecía que hubiesen salido recién de un cuadro del
año cuatrocientos, apóstoles, mártires, profetas.
Allen dijo "Hola, operadora, habla Dios. D - I - O - S. Quiero
hablar con Kerouac. Llame a Capitol 7-0563. Northport, Long Island."
Una pausa. Estábamos todos escuchando atentamente.
"Ese número no existe? Oh, bien. Esa es la casa de Nueva
Jersey donde yo nací. Mire, operadora, tengo que subir a buscar
el número. Después llamo de nuevo."
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Nos pareció que las guerras, conflictos de clase, tensones raciales, explotación económica, rivalidad religiosa, ignorancia y perjuicio estaban todos causados por un condicionamiento social angosto. Los problemas políticos eran manifestaciones de problemas psicológicos, lo que en el fondo parecían ser neurológicos - hormonales - químicos. Si podíamos ayudar a la gente a encender los circuitos de empatía del cerebro, entonces podía ocurrir un cambio social positivo.
Fue entonces cuando empezamos a complotar la revolución
neurológica, yendo más allá de la disociación
científica hacia el activismo social. No ibamos a seguir siendo
psicólogos recolectando datos. Ibamos a crear datos.
Allen, el igualitario por esencia, quería que todos tuviesen
la opción de tomar drogas para expandir la mente. Era la quinta
libertad, el derecho de manejar tu propio sistema nervioso. El Gran Plan
parecía bastante lógico. Primero íbamos a iniciar
y entrenar Americanos influyentes en la expansión de la consciencia.
Ellos nos iban a ayudar a generar una ola de opinión pública
para apoyar grandes programas de investigación, procedimientos de
licencia, centros de entrenamiento en el uso inteligente de drogas. Fue
en ese momento en el que rechazamos la perspectiva elitista de Huxley y
adoptamos la aproximación Americana igualitaria, abierta al público.
Y así comenzó la historia.
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Verano de 1962
El Doctor Walter Pahnke y el Profesor Walter Clark procedieron
diligentemente con los planes para el experimento del Viernes Santo. Pahnke
era imparable, un maestro político del arte de lo posible. El soporte
sabio y digno del Profesor Clark persuadió a la administración
del seminario Andover-Newton de que permitiera a los estudiantes participar.
Para lograr este milagro de diplomacia, Clark y yo dirigimos sesiones para
los dos deanes, ambos ex presidentes de la Iglesia Bautista del Norte.
Pahnke estuvo de acuerdo en cambiar el diseño de su investigación.
No iba a hacer marchar una multitud de sujetos drogados por ahí.
El nuevo plan era dividir la muestra en cinco grupos pequeños. En
cada grupo habrían cuatro estudiantes de la Escuela Religiosa de
Harvard, a dos se les daría psiloibina y a los otros dos un placebo.
Cada grupo sería monitoreao por dos guías entrenados.
Ninguno, ni siquiera Pahnke o Clark, sabría quién
había recibido el sacramento y quién había tomado
la píldora inactiva.
Pahnke se quejó con la idea de que los guías tomen
la droga. La involucración del observador era una de las principales
objeciones apuntadas a nuestro trabajo.
Pero el Profesor Clark y yo insistimos. Seleccionados al azar,
un guía iba a estar sobrio y el otro drogado. Los guías buscarían
el mismo objetivo que los sujetos: una experiencia espiritual profunda
en Viernes Santo.
Durante las semanas de cuaresma nos dividimos en grupos. Los
guías se encontraron con los cuatro estudiantes en su grupo por
un período de orientación, para conocer las preocupaciones,
aspiraciones e ignorancias de cada uno.
Nos reuinimos a las diez de la mañana del viernes santo.
Cinco habitaciones en el sótano de la capilla de la Universidad
de Boston fueron reservadas para nosotros. Panke llegó con sobres
codificados. Despues de una oración de apertura, cada uno abrió
su sobre y tomó la pastilla.
Esperamos para descubrir lo que habíamos tomado. Los estudiantes
estaban leyendo sus biblias, pero estoy seguro de que no se estaban concentrando
en las palabras. Después de un rato sentí que algo cambiaba.
Bien! Yo había tomado la psilocibina. Esperé. Mi piel se
hizo rosada y caliente. Hola. Esto es raro. Nunca me sentí así
por los hongos. Pronto mi cuerpo estaba radiando calor, pero mi consciencia
estaba igual que antes. Me di cuenta de que Pahnke nos di un placebo con
un efecto somático. Era una forma de la vitamina Niacina.
Vi que dos estudiantes tenían caras coloradas. Estaban
retociéndoce con expresiones de placer. Uno de ellos le guinió
el ojo al otro. Se levantó y dijo que iba al baño. El otro
estudiante con cara roja lo siguió. Como guía, fui con ellos.
En el baño estaban exultantes, como conspiradores felices.
Mientras estabamos ahí, la puerta se abrió de golpe.
Un tercer estudiante entró. No miró ni a la derecha ni a
la izquierda. Sus ojos estaban brillando, y estaba sonriendo. Cainó
hacia la ventana y se quedó un buen tiempo mirando afuera.
"Dios está en todas partes", gritó. "Oh, la gloria!".
Los dos estudiantes de caras coloradas se encogieron de hombros,
sus esperanzas perdidas.
La ridiculez de hacer un estudio doble de las drogas psicodélicas
se hizo obvia. Después de treinta minutos todos sabían quién
había tomado la droga.
Diez de los estudiantes estaban sentados enfrentando el altar
atentamente como buenos creyentes. Silenciosos. Los diez visionarios eran
menos convencionales. Algunos estaban recostados en los bancos. Uno estaba
acostado en el suelo. Algunos caminaban alrededor de la capilla murmurando
en oración y maravilla. Uno cantaba un himno. Otro caminó
hacia el altar y elevó sus manos. Otro tocaba extraños y
exitantes acordes en el órgano.
Para las cinco de la tarde el grupo estaba bastante afuera del
terreno visionario. Pahnke y Clark estaban recolectando entrevistas concsienzudamente
con un grabador.
El plan era ir a mi casa luego de la sesión para una cena
comunitaria. La escena era tranquila y radiante. Los viajeros estaban todavía
demasiado drogados como para hacer demasiado excepto sacudir sus cabezas,
diciendo WOW.
Yo estaba en la cocina tomando una cerveza para celebrar. Pahnke
y Clark entraron de repente. Sonreimos y nos dimos la mano. Fue como la
primera sesión en la prisión. Volvimos a ver cómo
la buena voluntad, la confianza y el coraje eran las herramientas básicas
para la investigación con drogas.
Durante las siguientes semanas Pahnke tuvo equipos de psicólogos
que no sabían nada sobre el estudio calificando las descripciones
en escalas de experiencia religiosa. Los cuestionarios y entrevistas revelaron
que los participantes que comieron los hongos tuvieron experiencias religiosas
místicas y el grupo de control no. Los resultados estadísticos
eran claros. Nuestra administración de los hongos sagrados en un
entorno religioso a gente motivada religiosamente proveyó una demostración
científica de que el éxtasis espiritual la revelación
religiosa y la unión con Dios ahora eran directamente accesibes.
La experiencia mística podía ser producida para quienes la
buscaran.
La revista del Time publicó un artículo largo y
muy favorable contando la investigación de Pahnke, soportada por
citas de teólogos importantes. Entonces, la noticia del experimento
de Viernes Santo llegó a la nación. Esperábamos que
cada sacerdote, ministro, rabbi, teólogo, filósofo, estudiante
y simplemente cualquier hombre ue busque a Dios, mujeres y niños
del país iban a continuar las implicaciones del estudio. Pero esto
no iba a pasar. Una ola de desaprobación saludó a las buenas
noticias.
Los administradores de la Escuela de la Divinidad de Harvard
pusieron presión sobre Walter Clark para que se disocie de nuestra
investigación. Este gentil y pensador hombre consultó su
consciencia y rehusó retroceder. Pero siguientes estudios en el
seminario fueron detenidos, y el entusiasmo de los estudiantes religioseos
fue oficialmente desalentado.
Walter Pahnke logró que su tesis en Harvard fuera aprobada
con dificultad. No se le permitió continuar su trabajo. Sus siguientes
pedidos de fondos del gobierno para repetir sus estudios fueron negados.
Un hombre llamado Goddard, un administrador médico que dirigía
la Administración de Drogas y Alimentos, ridiculizó los reportes
de que los psicodélicos podían producir beneficios psicológicos,
llamando nuestros resultados 'pura palabrería.'
Recordamos la observación de Huxley de que el pecado original
fue la ingestión de una fruta que producía cambio en el cerebro
en el Jardín. No había mucha posibilidad de que los burócratas
de la América Cristiana fueran a aceptar los resultados de nuestra
investigación, no importaba cuán obetivos sean.
Habíamos chocado contra la dedicación judeo cristiana
a un solo Dios, una religión, una realidad que ha maldecido a Europa
por siglos y América desde los días de su fundación.
Las drogas que abren la mente a múltiples realidades inevitablemente
conducen a una visión politeista del universo. Sentimos que había
llegado el tiempo para una religión humanista basada en un pluralismo
inteligente y de buena naturaleza y en un paganismo científico.
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El 20 e diciembre, el aniversario número cuarenta y cinco
de mi concepción, apagamos el agua y la elecricidad, cerramos las
puertas y nos subimos a nuestra nueva camioneta alquilada: Rosemary,
Susan, Jack y Timothy se dirigían al Yucatán, para unas vacaciones
de un mes para que los cuatro lleguemos a conocernos.
Cruzamos el puente hacia Nuevo Laredo a las 7 de la tarde. Paramos
en Inmigraciones de México para sacar nuestras tarjetas de turista.
"Timoteo" El saludo del policía estaba lleno de calidez.
"Timoteo, te acordás de mi?"
Era Jorge García, el amigable oficial de policía
que trató de ayuarnos en Zihuatanejo en 1963. "Jorge. Por supuesto."
Nos dimos las manos. Entonces, puso cara de enojo.
"Pero Timoteo, no podés entrar a México. Está
prohibido."
"Oh, si". Respondí alegremente. "Tengo una carta especial
de tu departamento de gobierno permitiéndome entrar a México
como turista."
Jorge examinó el documento con una mirada seria.
"No te preocupes," dijo. "Voy a hacer lo que pueda. Vos esperá
acá y yo vuelvo en unos minutos."Diciendo eso corrió hacia
la puerta, saltó en un auto sin patente, y se dirigió al
borde americano.
Ahora, los indicadores de paranoia empezaron a marcar rojo. Le
dije a mi pequeña familia: "Escuchen, puede haber algún problema
aquí. Si hay algo de porro en el auto, deberíamos tirarlo
por el inodoro."
Jack y Rosemary fueron a la playa de estacionamiento. En un flash,
Jack volvió, desapareció en el baño de hombres, y
se sentó con una sonrisa de misión cumplida.
Jorge García entró en la habitación. "No,
Timoteo, no es posible que entres a México esta noche. Las oficinas
de México City están cerradas. Volvé a América
esta noche. Vení mañana. Yo voy a haber arreglado todo para
entonces."
Jack, Susan y yo entramos al auto. Rosemary ya estaba sentada
en el asiento trasero.
Nuevo Laredo es una zona libre de frontera que no requiere visas
de turista. No ten'iamos que volver a cruzar el borde hacia América.
Podríamos habernos anotado en un hotel, caminar por las calles,
tener una cena festiva, mirar los buscavidas, mariachis, y turistas y a
la mañana volver a la oficina de inmigración. Pero yo volví
el auto robóticamente. Me di cuenta a la mitad del puente internacional
que aunque no habíamos entrado a México realmente todavía
teníaos que pasar a través de la aduana, igual que los colectivos
Volksvagen de la púrpura Michacan, la dorada Acapulco, la Guadalajara
sin semilla.
"Todo el porro está fuera del auto, correcto?"
Rosemary, buscando en su equipaje en el asiento trasero, dijo
en una voz preocupada, "No. No pude sacar mi caja plateada porque habían
dos porteros uniformados apoyados contra el auto. Aquí está."
Se lo dio a Susan.
El auto rodaba inexorablemente hacia la oficina de aduana. "Lo
voy a esconder en mis ropas" dijo Susan, sentada al lado mío en
el asiento. No podíamos tirar la caja plateada por la ventana, bang,
blam, un flash metálico en el medio del puente. Podíamos?
Cuando los oficiales de aduana se acercaron les alcancé
nuestros papeles mexicanos sin usar. "No entramos a Méxic, oficial"
No pareció escuchar lo que le había dicho. Habían
otros dos agentes parados atrás de él. "Todos afuera del
auto"
"Miren a nuestros papeles, oficial. No estuvimos en México."
El oficial se apoyó en la puerta delantera, metió
la mano entre mis pies y la sacó con algo entre sus dedos.
"Qué es esa semilla que encontré en el piso de
si auto?"
El auto estaba rodeado de agentes. "Saquen todo el equipaje."
La camioneta estaba llena de valijas, libros, una máquina
de escribir, equipo para buceo, cajas de archivo con mis papeles. Otros
turistas pasando el punto de chequeo nos miraban con una desaprobación
distante. Entonces se nos ordenó entrar en la oficina de aduanas,
se nos prohibió hablar entre nosotros. Nos llamaron uno por uno
dentro de pequeñas habitaciones y se nos examinó buscando
señales de agujas. Nuestros bolsillos fueron vaciados cuidadosamente,
y el polvo y el tabaco atrapados en los forros fueron guardados cuidadosamente
en sobres de evidencia.
Una matrona salió de la habitación donde Susan
estaba siendo revisada, llevando la caja plateada. El agente en jefe me
llamó a su oficina.
"Encontramos marihuana en la persona de su hija. Ella está
bajo arresto por tres crímenes: contrabando de narcóticos,
transportar narcóticos y no pagar impuesto sobre una substancia
controlada."
Entonces dije las palabras que iban a cambiar mi status legal
por el resto de mi vida: "Yo tomo responsabilidad por la marihuana."
"En ese caso, usted está bajo arresto. Se le permite llamar
a un abogado y se le permite rehusarse a contestar preguntas."
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