Bienvenido a la casa
Por Fernando Bonsembiante

 Mientras estaba escuchando la radio, y escuchaba esa voz, podía sentir el peso del cuerpo, y la temperatura del aire, aunque no quería distraerse de lo que estaba escuchando, podía oír claramente el ruido de fondo y el sonido de mi voz, sus ojos vagabundeaban por su alrededor, sin hacerle caso a su voluntad, y notaba el color de la piel y la intensidad de la luz, no podía dejar de pensar en la respiracion y los procesos digestivos, era consciente del cambio de foco de los ojos y el parpadeo, aunque no quisiera podía sentir la dilatacion y contracción de las pupilas, sabía el motivo del movimiento del aire y su transparencia, sentía la urgencia, la necesidad de prestar atencion, estaba totalmente seguro de la necesidad de alimentarse y de beber, incluso le pesaba el conocimiento de tener dos ojos y dos oidos, podía, aunque no quisiera, entender lo que digo y escuchar lo que digo, ya había leído el diario de hoy aunque todavía no leyó el diario de ayer, en el diario hablaban de la luz que me ilumina y en la radio mostraron el sonido que me envuelve, sabía el motivo del cansancio del día y eso le llevaba a un sentimiento de bienestar y de calma, como sentir la sensacion del paso del tiempo o sentir la sensacion de que el tiempo no pasa, lo acompañaba a donde fuera una voz en su cabeza, tan real como una voz fuera de su cabeza, voces que le hablaban de la calma y el relajamiento, voces que le hacían sentir los dedos de la mano y los dedos de los pies, era inevitable, necesario, importante, urgente, sentir interés, era algo tan cierto como oir la respiracion y los latidos del corazón, lo sabía con la misma certeza de saber lo último que comió, como saber mi nombre, algo  tan obvio, simple y cotidiano como saber que tengo uñas y pelos, o como saber que estoy escuchando, era algo tan importante y fácil como conocer el gusto del agua, conocer el color del cielo, o conocer el sonido del viento, o como conocerme a mi.
 Por supuesto, después de todo esto quedaba mareado, confundido, demasiados estímulos a su alrededor, un mundo, un universo, infinito, si trataba de capturar la realidad, simple, cotidiana, que lo rodeaba, era imposible, nunca podría terminar, cuanto más trataba de estar consciente de lo que lo rodeaba, más y más el mundo parecía perder importancia y desaparecer, el único recurso, la única defensa contra la saturación de los sentidos era, justamente, apagar todos los sentidos y pasar a su interior, entrar a la casa que era su mente, prender la calefacción, y olvidarse de todo, olvidarse de lo que lo rodeaba, olvidarse del mundo, olvidarse de sus problemas, y sentir esa calma y seguridad, sentirse como dentro de una gran caverna, cálida, cómoda, oscura, segura, muy segura, como flotando en el agua, flotando, en un líquido caliente, una luminosidad rosada, flotando, seguro, cómodo, confortable, flotando, sólo flotando, nada que hacer, sólo escuchar, escuchar sonidos, escuchar voces, escuchar música, en comfort y en seguridad, y olvidarse de todo, y sólo pensar, pensar en que las cosas pueden ser distintas, en que ese sentimiento de calma y seguridad puede durar toda la vida, un pensamiento cálido en un día frío, una sensación de comfort en el des-confort, sabiendo, que sola-mente en esa casa, hay muchas habitaciones, habitaciones que no conocía todavía, habitaciones llenas de cosas, cosas que todavía no conocés del todo, pero que están, y pueden servirte para mejorar tu vida, esas cosas son un tesoro, un tesoro que tenés y no conocés bien, pero que lo tenés y es tuyo, y lo podés usar, un tesoro que te acompaña a todas partes, un tesoro que nadie te pude robar, porque es tuyo y es parte tuya, y siempre va a estar con vos, sólo hay que abrir la puerta, entrar en la habitación cerrada, y usar ese tesoro, ahora, sabía que podía estar tranquilo, en calma, y en seguridad, dentro de esa casa, un lugar para explorar.
 
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31 de mayo de 1996 muere Timothy Leary
 
 

William S. Burroughs, introducción a 'Flashbacks'  por Timothy Leary.

 La primera vez que me encontré con Timothy Leary en Tanger en el verano de 1961, ya había formulado un plan explícito y de largo alcance para convertir al mundo a las drogas psicodélicas. Tim me consideraba un pionero psíquico, quizá porque yo había ido a Sud América en 1952 para encontrar la planta alucinógena 'yague' y experimentar sus efectos. Mi propia primera experiencia con psilocibina, sin embargo, fué menos que beatífica, y luego aprendí que quizá la única droga psicodélica bien ajustada a mi sistema nervioso es el cannabis.
 Luego, ese mismo año, cuando visité a Timothy y sus colegas en Newton, Massachusetts, los encontré abiertamente entusiastas, si no mesiánicos, sobre estas drogas, y ciertamente no tan científicos como me hubiese gustado verlos.Mirando hacia atrás, ahora, con la perspectiva de casi tres décadas, reconozco que ellos debían estar llegando a algo, de otra forma, por qué su empresa provocó tal pánico y persecución por parte de las autoridades secretas de ese tiempo? Claramente, muchas de las libertades sociales de el mundo actual occidental fueron facilitadas por la introducción y la diseminación de esos antiguos químicos para cambiar la mente, y sus contrapartidas del siglo veinte, como el LSD.
 Es fascinante mirar hacia atrás y darse cuenta de que brillante red de conexiones sociales, científicas, artísitcas y políticas fué involucrada y activada por los primeros días de la experimentación psicodélica, y Tim Leary estaba ahí mismo en el medio de esa red. Justo a tiempo, el poeta Allen Ginsberg se conectó con él en 1960, y la determinación de Allen para democratizar esta experiencia de la droga y compartirla con la gente común encajaba bien con la mentalidad igualitaria de Timothy y pudo haber sido decisiva en lanzar a Timothy en su posterior carrera como el sembrador del LSD. Ese fue un punto de inflexión en la historia del efecto de esos compuestos en nuestra sociedad, ya que antes de esa época generalmente estaban reservados a una grupo auto-seleccionado de elite psicodélica que advertía a los recien llegados de los graves peligros que les esperaban si compartían el 'conocimiento secreto' con los no iniciados.
 En efecto, como está claro en el excelente libro de Martin A. Lee y Bruce Schlain, 'Sueños ácidos', la agencia central de inteligencia de los estados unidos, la CIA, estuvo ahí primero, o por lo menos al mismo tiempo,  y sin su penetrante y secreto soporte de la investigación psicodélica durante los años 1950 y 1960, la tierra no hubiese estado tán fértil para la introducción de las drogas psicodélicas en la sociedad como resultó en los 60. Pero la CIA estaba buscando una droga de la verdad, o por lo menos un agente incapacitante para la guerra química, y en retrospectiva, consiguieron más de lo que habían pagado: el doctor Leary y sus legiones de jóvenes viajeros del ácido escaparon de la caja de Pandora de la CIA en poco  tiempo, y en esa gran tradición americana, el 'conocimiento secreto' fue enseguida compartido ampliamente, distorsionado inevitablemente y peligroso a veces, pero tan profundamente influencial sobre nuestra era que su impacto difícilmente pueda ser sobreestimado.
 A pesar de mi reacción disgustada original al 'Doctor Tim' y sus payasadas de salvar al mundo, (no era menos escéptico en ese momento de las aspiraciones similares de mi querido amigo Allen Ginsberg), lleegué a ver a Timothy como un verdadero pionero de la evolución humana. Nunca limitándose en arriesgar todo en persecución de su sueño idealista de iluminación psicodélica universal, sufrió enormemente a su servicio: tenazmente perseguido y acosado por las autoridades, despedido de Harvard, severamente aprisionado por una infracción menor con marihuana, (por lo menos esa era su excusa), amenazado por sus 'sabios' de las Panteras Negras por incorrección política, e injustamente acusado en la contra-cultura de ser un informante policial cuando finalmente recuperó su libertad en 1975.
 Y habiendo resistido todas esas tormentas, Timothy Leary rebotó y está cada vez mas fuerte hoy, ahora en el final de sus sesenta años. Sigue siendo un verdadero visionario del potencial de la mente humana y del espíritu. En sus muchos libros, consolidó las antiguas sabidurías psíquicas y las moldeó en términos modernos, así pueden ser útiles para los exploradores espirituales del siglo veintiuno. Viejos amigos y maduros viejos combatientes, todavía tenemos nuestras diferencias, de personalidad, estilo, apetito por la política, pero en esto estamos firmemente solidarios.
 Esta es la edad espacial, y aquí vamos.
 
 William S. Burroughs
 Diciembre de 1989

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Mi concepción de mi concepción
por Timothy Leary
(De 'flashbacks' 1983-1990, por Timothy Leary)

 Fuí conebido en una reserva militar, West Point, Nueva York, en la noche del 17 de enero, 1920. El día anterior el alcohol se había convertido en una droga ilegal.
 Los registros de la academia revelan que hubo un baile esa noche de sábado en el club de oficiales. Ahora que el alcohol era ilegal, la ingestión de alcohol etílico tomó implicaciones glamorosas y pícaras. Los estrepitosos veinte estaban por comenzar.
 Mi madre, Abigail, a menudo recordaba que durante su embarazo el olor al licor destilado y al gin hecho en bañadera colgaba como un smog ilegal sobre las habitaciones de los oficiales. Mi padre, Timothy, conocido como Tote, estaba a punto de convertirse de bebedor social a la adicción al alcohol. En su entrenamiento para mi futura vida me solía decir que la prohibición era mala pero no tan mala como nada de alcohol.
 Era una noche muy especial. Uniformes de gala azules, guantes blancos, vestidos largos, peinados cortos. La seductora pero virtuosa Abigail, según todos los testimonios, era la mujer más hermosa en el puesto, pelo negro azabache, piel color blanco lechoso, figura curva como para una revista.
 Tote se comportaba con arrogancia, como de costumbre. Siempre deportista, estaba parado en la barra, alto, delgado, sirviendo una droga recreativa ilegal desde un frasco de bolsillo plateado en los vasos del capitán Omar Bradley, el capitán Geoffrey Prentice y el teniente George Patton.
 Abigail, abandonada en la mesa con mantel de lino, iluminada por velas, hablaba con su amigo, el general Douglas MacArthur, superintendente de la academia miltar, quien le pidió ir a bailar. La orquesta tocaba 'just a japonese sandman'. El teniente Patton, un mujeriego notorio, los interrumpió.
 Luego, Tote se aproximó a la mesa de Abigail. Balanceándose un poco al ritmo de el 'vals de Missouri', mi padre dijo 'Mirate sentada acá, tan correcta como la Virgen María. Voy a llevarte par un poco de anunciación'.
 Abigail, con su elegante equilibrio comprometido solamente por el más ligero sonrojarse, guardó su abanico, se levantó con gracia, saludó alegremente a sus compañeros, y caminó hacia el guardarropas.
 El capitán Timothy Leary condujo su Packard inestablemente a la casa en el barrio de oficiales, tarareando 'alguien se robó a mi chica'. Mi madre se retiró a la habitación, se puso su camisón, se arrodilló al lado de la cama y rezó.

Salve, madre, llena de gracia

 Tote mezcló una bebida de gin destilado. Vaciando su vaso, ascendió inestablemente a la habitación, se sacó su chaqueta azul naval con las dos barras plateadas, sus zapatos negros, sus medias de seda negras, su ropa interior blanca. Se acostó al lado de Abigail e iniciaron el acartonado ritual de fertilización típico de su generación.
 Aproximadamente dos semanas antes, un espléndido, único, aventurero huevo había sido seleccionado cuidadosamente de la reserva de un millón de huevos almacenados en el cuerpo de mi madre y lenta, dulcemente resbaló hacia abajo en su suave, aterciopelada autopista falopiana hasta que alcanzó, en la noche del 17 de enero de 1920, el encuentro predeterminado.

El señor es contigo

 En el momento del clímax, Tote depositó más de 400 millones de espermatozoides en el 'tracto reproductivo' de mi madre.
 Las opiniones todavía varían en los círculos científicos sobre lo que ocurrió. De acuerdo a los escenarios biológicos tradicionales, los 400 millones de espermas, uno de los cuales llevaba la mitad de mi, inmediatamente iniciaron una especie de carrera olímpica de natación, empuándose, saltando, retociéndose freneticamente en un crol australiano o golpes flagelantes de cola para ganar la competencia, violar a la pobre, dócil, receptiva señorita huevo. La reproducción ocurriría cuando el esperma exitoso penetraba el huevo por la fuerza.
 Yo rechazo apasionadamente esta teoría de la concepción. No fui reproducido. Fui creado por un proceso inteligente, teleológico, de elección  natural. El desprestigiado Lamark resulta estar correcto en el importante nivel del ácido ribonucleico. Como vos, yo fuí preciamente, inteligentemente re-creado para actuar un papel nacesario para la evolución de nuestra herencia genética. La selección de el esperma fertilizante y la decisión sobre la división final de cromosomas fue hecha por el huevo. Fue el 'ella' en mi quien tuvo la última palabra.

Bendita tu eres entre las mujeres

 Me encontré disparado dentro de el laboratorio re-creacional de Abigail, exactamente donde se suponía que yo debía estar, en una cueva oceánica cálida, rosada, pulsando con señales perfumadas e instrucciones químicas, disfrutando del deleite inefable descripto por los místicos.
 Adelante y arriba vi, para mi asombro, que la señorita huevo, lejos de ser una burbuja pasiva y tonta con tacos redondos esperando ser volteada por algún esperma musculoso recien llegado, sin respiración y sudoroso, era un sol luminiscente, irradiando una inteligencia asombrosa, rodeado por campos magnéticos brillando con exploradores fosforecentes de radar y defensas laser.
 Con este huevo elegante, educado y experimentado en particular, uno no le salta adentro con un celo de macho. Calmo, maduro, yo estudié sus muchas apeturas sensoriales, tratando de descifrar las señales que emitía, tatando de descubrir lo que las mujeres quieren. Mi carrera dependía de eso. Naturalmente, realicé algunos trucos para atraer su atención. Deben haber funcionado, porque una suave atracción magnética me llevó flotando suavemente a lo largo de el Gran Canal Ovarico, subiendo el boulevard de los genes rotos,  sintiendome medido, atesorado, y en alguna risueña manera, solicitado y enseñado.

Y bendito sea el fruto de tu vientre

 Fui introducido suavemente en esta suave, cremosa casa, mi delgado y serpentino cuerpo chisporroteando de placer. Cuanto más era empujado a esta esfera solar, lo más que me disolvía en remolinos de cálida inteligencia.
 Adios. Hola.
 

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 Estaba casi quebrado, y las propuestas de empleo eran pocas. Hasta el año anterior, yo había sido un exitoso psicólogo, autor de muchos trabajos científicos y dos libros bien vistos para el diagnóstico de la personalidad. Después de dieciseis años de investigación y docencia, había abandonado mi puesto como director de investigación psicológica del hospital de la fundación Kaiser, Oakland, California, porque me sentía confundido sobre mi profesión. Por diez años mi equipo de investigación había mantenido una estadística sobre el éxito de la psicoterapia. Descubrimos que no importaba qué tipo de tratamiento psicoterapéutico se usaba, los mismos resultados desalentadores ocurrían. Un tercio de los pacientes mejoraba, un tercio seguían igual, y un tercio empeoraba. Los grupos de control que no recibían nungún tratamiento mostraban los mismos resultados.
 Con todos sus esfuerzos, la psicología toavía no había desarrollado una manera de cambiar el comportamiento humano en forma significativa y predecible. Me encontré practicando una profesión que no parecía funcionar.

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La primera vez que Timothy Leary tomó una droga alucinógena: Hongos sagrados en México, teonanacatl, la carne de los dioses, en 1960.

 Empecé a sentirme extraño. Como si hubiese respirado algún gas dental. Ligeramente nauseado. Disociado. Alejándome, lejos del grupo vestido en trajes de baño, en una terraza bajo el brillante sol mexicano. Todo estaba palpitante de vida, incluso los objetos inanimados.
 Bruce se ocupó escribiendo, sus delgados hombros doblados sobre el anotador como un psicoanalista vienés. El científico. Pero no tenía idea de qué estaba observando. Esta revelación profesional me golpeó como inmensamente cómica. Riendo. Riendo. Risa. No podía dejar de reír.
 Todos me miraron asombrados. Su extrañeza aumentó mi diversión. Bruce miró hacia arriba, su roja lengua asomando de la espesura de su barba.
 Me reí de nuevo, de mi propia pomposidad diaria, la angosta arrogancia de los estudiosos, la imprudencia de lo racional, la presumida inocencia de las palabras en contraste con los panoramas crudos, ricos, cambiantes que inundaban mi cerebro.
 Entré caminando a la casa, me tiré a la cama. Dettering me siguió, mirando.
 "Lo ves, Dick? Nuestras pequeñas mentes?"
 Hizo que si con la cabeza. Bien, lo veía. Empezó a reirse.
 Dejé pasar al deleite, como hicieron los místicos por siglos cuando espiaban através de las cortinas y descubrían que este mundo, tan manifiestamente real, ere realmente un pequeño escenario decorado construido por la mente. Había un mar de posibilidades allí afuera (allí adentro?), otras realidades, una matriz infinita de programas para otros futuros.
 Volviendo hacia la terraza. Hola, mi paso había cambiado a un deslizarse de patas de goma. La habitación estaba aparentemente llena de un líquido invisible. Ondulé hacia la Poeta Betty. Su cara clásica se abrió como una flor. Estaba en algún lugar de deleite. Estaba Ruth Dettering parada al lado de la puerta. Nadé hacia ella.
 "Mirá, Ruth," dije, sonando sorprendentemente normal, "esos hongos son más fuertes de lo que yo esperaba. Pienso que deberías mandar a los chicos a ver una película en la ciudad y darle a la sirvienta la tarde libre. Quedate cerca y vigilá las cosas".
 Y entonces me perdí en el fabuloso departamento óptico. Palacios del Nilo, templos Hindues, tocadores Babilónicos, tiendas beduinas del placer, gemas brillantes, túnicas tramadas de seda respirando color, mosaicos ardiendo con esmeraldas, rubies de Burma, zafiros de Ceilán. Aquí vienen esas serpientes enjoyadas, esos reptiles mosaicos deslizándose, enroscándose, revolcándose por el desague del medio de mi retina.
 Después vino un viaje a través de la evolución, garantizado para todos los que se anotan en este tour del cerebro. Deslizándose hacia abajo por el tubo de la recapitulación hacia esas antiguas salas de proyección del medio del cerebro: tiempo de serpiente, tiempo de pez, tiempo bajando la palmera gigante de la jungla, tiempo de hojas de helecho de encaje verde.
 Calmadamente observando la primera cosa marina arrastrarse a la orilla, me recosté con ella, la arena raspando bajo mi mejilla, y luego floté hacia abajo dentro del océano verde profundo. Hola, yo soy la primer cosa viviente.

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 Como las drogas psicodélicas nos exponen a diferentes niveles de percepción y experiencia, su uso es definitivamente una empresa filosófica, obligándonos a confrontar la naturaleza de la realidad y la naturaleza de nuestros frágiles y subjetivos sistemas de creencias. El contraste es lo que gatilla la risa, el terror. Descubrimos abruptamente que estuvimos programados por todos esos años, que todo lo que aceptamos como realidad es solamente una fabricación social.

 En los veintiun años desde que comí hongos en un jardín de México, dediqué la mayor parte de mi tiempo y energía a la exploración y la clasificación de esos circuitos del cerebro y sus implicaciones para la evolución, pasada y futura. En cuatro horas al lado de esa pileta de natación en Cuernavaca aprendí más sobre la mente, el cerebro, y sus estructuras que lo que aprendí en los quince años previos como psicólogo diligente.
 Aprendí que el cerebro es una biocomputadora sub-utilizada, conteniendo billones de neuronas jamás accedidas. Aprendí que la consciencia normal es una gota en un océano de inteligencia. Que la consciencia y la inteligencia pueden ser expandidas sistemáticamente. Que el cerebro puede ser reprogramado. Que el conocimiento de cómo opera el cerebro es el tema científico más importante de nuestro tiempo. Yo estaba desdoblado de entusiasmo, convencido de que habíamos encontrado la llave que estábamos buscando.

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Diciembre de 1960

 Frank y yo estábamos en el estudio cuando el poeta Allen Ginsberg y Peter Orlovsky (quienes habían tomado dieciocho pastillas de psilocibina unas horas antes) vinieron pareciendo hermitas medioevales. Ambos totalmente desnudos. Bueno, no totalmente. Allen tenía puestos sus anteojos. Levantó un dedo con un brillo loco y santo en sus ojos.
 "Soy el mesías. Bajé a predicar el amor al mundo. Vamos a recorrer las calles y enseñarle a la gente a que deje de odiar."
 "Suena como una buena idea", dijo Frank. Pero no saltó de la silla para empezar la cuzada.
 "Vamos", dijo Allen, "vamos a salir  a las calles de la ciudad para hablarle a la gente sobre la paz y el amor. Y luego vamos a hablar por teléfono con muchos líderes importantes para solucionar este tema de la Bomba de una vez y para siempre."
 "Bien", dijo Frank, "pero por qué no hacen primero lo del teléfono?"
 "A quién vamos a llamar?" preguntó Peter.
 "Bueno, vamos a llamar a Kerouac en Long Island y Kennedy y Khruschev y William Burroughs en Paris y Norman Mailer."
 "A quién vamos a llamar primero?" preguntó Peter.
 "Empecemos con Khruschev" dijo Allen.
 "Por qué no empiezan con Kerouac?' dijo Frank.
 Allen llamó a la operadora. Las dos delgadas figuras se inclinaron hacia adelante, poseidas por un fervor sagrado para distribuir la paz. Parecía que hubiesen salido recién de un cuadro del año cuatrocientos, apóstoles, mártires, profetas.
 Allen dijo "Hola, operadora, habla Dios. D - I - O - S. Quiero hablar con Kerouac. Llame a  Capitol 7-0563. Northport, Long Island."
 Una pausa. Estábamos todos escuchando atentamente.
 "Ese número no existe? Oh, bien. Esa es la casa de Nueva Jersey donde yo nací. Mire, operadora, tengo que subir a buscar el número. Después llamo de nuevo."

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 Nos pareció que las guerras, conflictos de clase, tensones raciales, explotación económica, rivalidad religiosa, ignorancia y perjuicio estaban todos causados por un condicionamiento social angosto. Los problemas políticos eran manifestaciones de problemas psicológicos, lo que en el fondo parecían ser neurológicos - hormonales - químicos. Si podíamos ayudar a la gente a encender los circuitos de empatía del cerebro, entonces podía ocurrir un cambio social positivo.

 Fue entonces cuando empezamos a complotar la revolución neurológica, yendo más allá de la disociación científica hacia el activismo social. No ibamos a seguir siendo psicólogos recolectando datos. Ibamos a crear datos.
 Allen, el igualitario por esencia, quería que todos tuviesen la opción de tomar drogas para expandir la mente. Era la quinta libertad, el derecho de manejar tu propio sistema nervioso. El Gran Plan parecía bastante lógico. Primero íbamos a iniciar y entrenar Americanos influyentes en la expansión de la consciencia. Ellos nos iban a ayudar a generar una ola de opinión pública para apoyar grandes programas de investigación, procedimientos de licencia, centros de entrenamiento en el uso inteligente de drogas. Fue en ese momento en el que rechazamos la perspectiva elitista de Huxley y adoptamos la aproximación Americana igualitaria, abierta al público. Y así comenzó la historia.

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Verano de 1962
 

 El Doctor Walter Pahnke y el Profesor Walter Clark procedieron diligentemente con los planes para el experimento del Viernes Santo. Pahnke era imparable, un maestro político del arte de lo posible. El soporte sabio y digno del Profesor Clark persuadió a la administración del seminario Andover-Newton de que permitiera a los estudiantes participar. Para lograr este milagro de diplomacia, Clark y yo dirigimos sesiones para los dos deanes, ambos ex presidentes de la Iglesia Bautista del Norte.
 Pahnke estuvo de acuerdo en cambiar el diseño de su investigación. No iba a hacer marchar una multitud de sujetos drogados por ahí. El nuevo plan era dividir la muestra en cinco grupos pequeños. En cada grupo habrían cuatro estudiantes de la Escuela Religiosa de Harvard, a dos se les daría psiloibina y a los otros dos un placebo. Cada grupo sería monitoreao por dos guías entrenados.
 Ninguno, ni siquiera Pahnke o Clark, sabría quién había recibido el sacramento y quién había tomado la píldora inactiva.
 Pahnke se quejó con la idea de que los guías tomen la droga. La involucración del observador era una de las principales objeciones apuntadas a nuestro trabajo.
 Pero el Profesor Clark y yo insistimos. Seleccionados al azar, un guía iba a estar sobrio y el otro drogado. Los guías buscarían el mismo objetivo que los sujetos: una experiencia espiritual profunda en Viernes Santo.
 Durante las semanas de cuaresma nos dividimos en grupos. Los guías se encontraron con los cuatro estudiantes en su grupo por un período de orientación, para conocer las preocupaciones, aspiraciones e ignorancias de cada uno.
 Nos reuinimos a las diez de la mañana del viernes santo. Cinco habitaciones en el sótano de la capilla de la Universidad de Boston fueron reservadas para nosotros. Panke llegó con sobres codificados. Despues de una oración de apertura, cada uno abrió su sobre y tomó la pastilla.
 Esperamos para descubrir lo que habíamos tomado. Los estudiantes estaban leyendo sus biblias, pero estoy seguro de que no se estaban concentrando en las palabras. Después de un rato sentí que algo cambiaba. Bien! Yo había tomado la psilocibina. Esperé. Mi piel se hizo rosada y caliente. Hola. Esto es raro. Nunca me sentí así por los hongos. Pronto mi cuerpo estaba radiando calor, pero mi consciencia estaba igual que antes. Me di cuenta de que Pahnke nos di un placebo con un efecto somático. Era una forma de la vitamina Niacina.
 Vi que dos estudiantes tenían caras coloradas. Estaban retociéndoce con expresiones de placer. Uno de ellos le guinió el ojo al otro. Se levantó y dijo que iba al baño. El otro estudiante con cara roja lo siguió. Como guía, fui con ellos. En el baño estaban exultantes, como conspiradores felices.
 Mientras estabamos ahí, la puerta se abrió de golpe. Un tercer estudiante entró. No miró ni a la derecha ni a la izquierda. Sus ojos estaban brillando, y estaba sonriendo. Cainó hacia la ventana y se quedó un buen tiempo mirando afuera.
 "Dios está en todas partes", gritó. "Oh, la gloria!".
 Los dos estudiantes de caras coloradas se encogieron de hombros, sus esperanzas perdidas.
 La ridiculez de hacer un estudio doble de las drogas psicodélicas se hizo obvia. Después de treinta minutos todos sabían quién había tomado la droga.
 Diez de los estudiantes estaban sentados enfrentando el altar atentamente como buenos creyentes. Silenciosos. Los diez visionarios eran menos convencionales. Algunos estaban recostados en los bancos. Uno estaba acostado en el suelo. Algunos caminaban alrededor de la capilla murmurando en oración y maravilla. Uno cantaba un himno. Otro caminó hacia el altar y elevó sus manos. Otro tocaba extraños y exitantes acordes en el órgano.
 Para las cinco de la tarde el grupo estaba bastante afuera del terreno visionario. Pahnke y Clark estaban recolectando entrevistas concsienzudamente con un grabador.
 El plan era ir a mi casa luego de la sesión para una cena comunitaria. La escena era tranquila y radiante. Los viajeros estaban todavía demasiado drogados como para hacer demasiado excepto sacudir sus cabezas, diciendo WOW.
 Yo estaba en la cocina tomando una cerveza para celebrar. Pahnke y Clark entraron de repente. Sonreimos y nos dimos la mano. Fue como la primera sesión en la prisión. Volvimos a ver cómo la buena voluntad, la confianza y el coraje eran las herramientas básicas para la investigación con drogas.
 Durante las siguientes semanas Pahnke tuvo equipos de psicólogos que no sabían nada sobre el estudio calificando las descripciones en escalas de experiencia religiosa. Los cuestionarios y entrevistas revelaron que los participantes que comieron los hongos tuvieron experiencias religiosas místicas y el grupo de control no. Los resultados estadísticos eran claros. Nuestra administración de los hongos sagrados en un entorno religioso a gente motivada religiosamente proveyó una demostración científica de que el éxtasis espiritual la revelación religiosa y la unión con Dios ahora eran directamente accesibes. La experiencia mística podía ser producida para quienes la buscaran.
 La revista del Time publicó un artículo largo y muy favorable contando la investigación de Pahnke, soportada por citas de teólogos importantes. Entonces, la noticia del experimento de Viernes Santo llegó a la nación. Esperábamos que cada sacerdote, ministro, rabbi, teólogo, filósofo, estudiante y simplemente cualquier hombre ue busque a Dios, mujeres y niños del país iban a continuar las implicaciones del estudio. Pero esto no iba a pasar. Una ola de desaprobación saludó a las buenas noticias.
 Los administradores de la Escuela de la Divinidad de Harvard pusieron presión sobre Walter Clark para que se disocie de nuestra investigación. Este gentil y pensador hombre consultó su consciencia y rehusó retroceder. Pero siguientes estudios en el seminario fueron detenidos, y el entusiasmo de los estudiantes religioseos fue oficialmente desalentado.
 Walter Pahnke logró que su tesis en Harvard fuera aprobada con dificultad. No se le permitió continuar su trabajo. Sus siguientes pedidos de fondos del gobierno para repetir sus estudios fueron negados. Un hombre llamado Goddard, un administrador médico que dirigía la Administración de Drogas y Alimentos, ridiculizó los reportes de que los psicodélicos podían producir beneficios psicológicos, llamando nuestros resultados 'pura palabrería.'
 Recordamos la observación de Huxley de que el pecado original fue la ingestión de una fruta que producía cambio en el cerebro en el Jardín. No había mucha posibilidad de que los burócratas de la América Cristiana fueran a aceptar los resultados de nuestra investigación, no importaba cuán obetivos sean.
 Habíamos chocado contra la dedicación judeo cristiana a un solo Dios, una religión, una realidad que ha maldecido a Europa por siglos y América desde los días de su fundación. Las drogas que abren la mente a múltiples realidades inevitablemente conducen a una visión politeista del universo. Sentimos que había llegado el tiempo para una religión humanista basada en un pluralismo inteligente y de buena naturaleza y en un paganismo científico.
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 El 20 e diciembre, el aniversario número cuarenta y cinco de mi concepción, apagamos el agua y la elecricidad, cerramos las puertas y nos subimos a nuestra nueva camioneta  alquilada: Rosemary, Susan, Jack y Timothy se dirigían al Yucatán, para unas vacaciones de un mes para que los cuatro lleguemos a conocernos.
 

 Cruzamos el puente hacia Nuevo Laredo a las 7 de la tarde. Paramos en Inmigraciones de México para sacar nuestras tarjetas de turista.
 "Timoteo" El saludo del policía estaba lleno de calidez. "Timoteo, te acordás de mi?"
 Era Jorge García, el amigable oficial de policía que trató de ayuarnos en Zihuatanejo en 1963. "Jorge. Por supuesto." Nos dimos las manos. Entonces, puso cara de enojo.
 "Pero Timoteo, no podés entrar a México. Está prohibido."
 "Oh, si". Respondí alegremente. "Tengo una carta especial de tu departamento de gobierno permitiéndome entrar a México como turista."
 Jorge examinó el documento con una mirada seria.
 "No te preocupes," dijo. "Voy a hacer lo que pueda. Vos esperá acá y yo vuelvo en unos minutos."Diciendo eso corrió hacia la puerta, saltó en un auto sin patente, y se dirigió al borde americano.
 Ahora, los indicadores de paranoia empezaron a marcar rojo. Le dije a mi pequeña familia: "Escuchen, puede haber algún problema aquí. Si hay algo de porro en el auto, deberíamos tirarlo por el inodoro."
 Jack y Rosemary fueron a la playa de estacionamiento. En un flash, Jack volvió, desapareció en el baño de hombres, y se sentó con una sonrisa de misión cumplida.
 Jorge García entró en la habitación. "No, Timoteo, no es posible que entres a México esta noche. Las oficinas de México City están cerradas. Volvé a América esta noche. Vení mañana. Yo voy a haber arreglado todo para entonces."
 Jack, Susan y yo entramos al auto. Rosemary ya estaba sentada en el asiento trasero.
 Nuevo Laredo es una zona libre de frontera que no requiere visas de turista. No ten'iamos que volver a cruzar el borde hacia América. Podríamos habernos anotado en un hotel, caminar por las calles, tener una cena festiva, mirar los buscavidas, mariachis, y turistas y a la mañana volver a la oficina de inmigración. Pero yo volví el auto robóticamente. Me di cuenta a la mitad del puente internacional que aunque no habíamos entrado a México realmente todavía teníaos que pasar a través de la aduana, igual que los colectivos Volksvagen de la púrpura Michacan, la dorada Acapulco, la Guadalajara sin semilla.
 "Todo el porro está fuera del auto, correcto?"
 Rosemary, buscando en su equipaje en el asiento trasero, dijo en una voz preocupada, "No. No pude sacar mi caja plateada porque habían dos porteros uniformados apoyados contra el auto. Aquí está." Se lo dio a Susan.
 El auto rodaba inexorablemente hacia la oficina de aduana. "Lo voy a esconder en mis ropas" dijo Susan, sentada al lado mío en el asiento. No podíamos tirar la caja plateada por la ventana, bang, blam, un flash metálico en el medio del puente. Podíamos?
 Cuando los oficiales de aduana se acercaron les alcancé nuestros papeles mexicanos sin usar. "No entramos a Méxic, oficial"
 No pareció escuchar lo que le había dicho. Habían otros dos agentes parados atrás de él. "Todos afuera del auto"
 "Miren a nuestros papeles, oficial. No estuvimos en México."
 El oficial se apoyó en la puerta delantera, metió la mano entre mis pies y la sacó con algo entre sus dedos.
 "Qué es esa semilla que encontré en el piso de si auto?"
 El auto estaba rodeado de agentes. "Saquen todo el equipaje."
 La camioneta estaba llena de valijas, libros, una máquina de escribir, equipo para buceo, cajas de archivo con mis papeles. Otros turistas pasando el punto de chequeo nos miraban con una desaprobación distante. Entonces se nos ordenó entrar en la oficina de aduanas, se nos prohibió hablar entre nosotros. Nos llamaron uno por uno dentro de pequeñas habitaciones y se nos examinó buscando señales de agujas. Nuestros bolsillos fueron vaciados cuidadosamente, y el polvo y el tabaco atrapados en los forros fueron guardados cuidadosamente en sobres de evidencia.
 Una matrona salió de la habitación donde Susan estaba siendo revisada, llevando la caja plateada. El agente en jefe me llamó a su oficina.
 "Encontramos marihuana en la persona de su hija. Ella está bajo arresto por tres crímenes: contrabando de narcóticos, transportar narcóticos y no pagar impuesto sobre una substancia controlada."
 Entonces dije las palabras que iban a cambiar mi status legal por el resto de mi vida:  "Yo tomo responsabilidad por la marihuana."
 "En ese caso, usted está bajo arresto. Se le permite llamar a un abogado y se le permite rehusarse a contestar preguntas."
 

 
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