ALEISTER CROWLEY: LA ESTRATAGEMA
introduccion (revista EGO)
En un rincón perdido de Inglaterra, dos hombres
deben compartir una espera llena de sobresaltos y
revelaciones escalofriantes. Forman una extraña
pareja: uno de ellos es un inglés de modales enfáticos,
típicamente insular; el otro es un extranjero
con un pasado escabroso. Así, el relato de una fuga
de la isla del Diablo y del horror del encarcelamiento
se convierte en una alegoría de las relaciones
y anhelos de la irrisoria, imprevisible especie
humana.
Conocido como "el hombre más malvado del mundo" o, más
prosaicamente, como "la bestia 666", el oculista inglés
Aleister Crowley (1875-1947) gozó de una de las peores
reputaciones del siglo XX. Sus orgías maratónicas y sus
abismales experiencias con toda clase de drogas le valieron
el escarnio público y la expulsión de la Italia fascista; se le
atribuyeron crímenes rituales, poderes satánicos y una vocación
apocalíptica. Ejerció una pareja fascinación sobre contemporáneos
ilustres como Winston Churchill, W.B. Yeats, Fernando Pessoa y
nuestro Xul Solar, que pintó su retrato y mantuvo con él una nutrida
correspondencia esotérica. Sus disipaciones no le impidieron escribir,
además de inextricables tratados sobre magia y poemas de un erotismo
macabro, algunos relatos sarcásticos e inquietantes que iluminan los
vínculos entre el arte narrativo y la magia. Según cuenta el
propio Crowley en sus memorias, soñó el argumento de La estratagema
en una noche de excesos profanos, entre los vahos del opio, y al despertar
lo transcribió fielmente, en unas pocas horas. Prodigio de observación y
sátira alborozada de la idiosincrasia inglesa, La estratagema
despertó la admiración y la envidia de Joseph Conrad, que lo consideraba
uno de los mejores cuentos de su época.
Ricardo Arcos
Los viajeros descendieron a la arena ardiente del
andén. Era un empalme, uno de esos empalmes
donde no hay un pueblo en kilómetros a la redonda, y
donde los servicios ferroviarios y sus dependencias
hacen añorar los de la normal estación en cuarentena.
El primer hombre en bajar era inconfundible-
mente inglés. Mientras sacaba su equipaje de mano del vagón
con ayuda de su compañero, se quejaba de la administración ferroviaria.
- Es una calamidad para la civilización - decía - que no habiliten
conexiones en una estación tan importante como ésta; déjeme decirle,
señor, que es el eje -si puedo usar esa metáfora de ramal que atraviesa
prácticamente todo Muckshire y el sur de Tream. Y todavía nos queda una
hora de espera, que seguramente serán dos y tal vez tres. Y para peor, el
pub más cercano está en Fatloam, y si se nos ocurriera llegar hasta allí
seguramente nos servirían un Whisky abominable. Afirmo, señor, que esto
es una verdadera calamidad para el ferrocarril que lo consiente, para el
país que lo tolera, y para la civilización que permite que sucedan
semejantes cosas. Como le decía, señor, este país está gobernado por
una cofradía inmunda, una banda de judíos, escoceses, irlandeses y
galeses. ¿Y dónde está el viejo inglés de pura cepa? En apuros, señor,
en apuros.
El tren dio una sacudida convulsiva hacia atrás, luego avanzó pesadamente
imitando al changador solitario que había observado impasible cómo desde
el tren volaban los baúles como piedras de un volcán, y que tras un
momento de contemplación, con una mueca en la cara, se había puesto a
deambular por el andén en busca de algo que comer.
El inglés con su cara blancuzca poblada por un tupido bigote, al
frente y el cuello manchados con grandes manchas rojizas, su barriga
incipiente y su traje rígido como una armadura, contrastaba violentamente
con el inquieto hombrecillo de barba puntiaguda a quien el destino había
depositado, en el mismo compartimento y a la misma hora, en un
transitorio exilio del resto de sus semejantes.
Tenía los ojos increíblemente negros y feroces, la barba entrecana y
el rostro surcado por arrugas profundas y quemado por soles tropicales;
pero ese rostro también expresaba inteligencia, vigor e imaginación en
tal grado que hubiera sido el camarada idóneo en un momento de
desesperación o en la defensa de una ciudad sitiada. Una cicatriz gruesa
y honda le cruzaba el dorso de la mano izquierda. A pesar de todo esto,
estaba vestido con singular pulcritud y corrección; esta circunstancia
hizo sospechar a su compañero en la desgracia que era francés, aunque su
inglés fuese más puro que el suyo. A pesar de la moderación de su
vestimenta y de la serenidad de su conducta, el brillo sombrío de esos
ojos negros, como puntas de alfiler debajo de las cejas enmarañadas,
inspiraba cierta incomodidad en el más robusto de los dos. Un sujeto
con el que es mejor no meterse, pensó. Sin embargo, como era un hombre
muy viajado - Boulogne, Dieppe, París, Suiza, y aún Venecia-, carecía
de esa insularidad que los extranjeros atribuyen a muchos ingleses y
durante el trayecto había logrado entablar conversación con él. El
hombrecito había resultado un pésimo compañero de viaje: taciturno,
escatimaba palabras cuando un gesto satisfacía las normas de la cortesía,
y parecía más interesado en su pipa que en su acompañante. ù Un hombre que
esconde un secreto, pensó el inglés.
El tren abandonó la estación traqueteando y el changador desapareció
del paisaje.
Un lugar desierto - comentó el inglés, cuyo nombre era Bevan -, especialmente
con este calor espantoso. En realidad en el verano de 1911 hizo tanto calor
como ahora. Sabe, recuerdo una vez en Boulogne... - se detuvo bruscamente,
pues de pronto el oscuro hombrecito, enterrando varias veces la punta de
su bastón en la arena y frunciendo las cejas, parecía decidido a hablar.
- ¿Qué sabe usted del calor? - gritó, clavándole a su interlocutor una
mirada de intensidad demoniaca.
¿Qué sabe usted de la desolación?
Desconcertado, Bevan no supo qué responder.
¡Un momento! - exclamó el otro -¿ Y si le cuento mi historia? No hay nadie
aquí salvo nosotros dos -. Miró con recelo a Bevan. -¿Puedo confiar en
usted?- preguntó, y se detuvo abruptamente.
En otro momento Bevan se hubiera rehusado a recibir confidencias de
un extraño; pero la soledad, el calor, el sólido aburrimiento inducido por
los modales previos de su acompañante, y aún cierta desconfianza ante la
posible reacción del hombrecito si se negaba a escucharlo, conspiraron
para que diera una respuesta afirmativa.
Con toda solemnidad de que era capaz, Bevan contestó:
Soy un caballero ingles de nacimiento, y puedo afirmar que jamás hice nada
que me apartara de esa condición. Soy juez de paz - agregó tras una breve
pausa.
Lo sabía -exclamó el otro con ex citación. Una mente entrenada en el
ejercicio de la ley es la más calificada para apreciar mi historia.
Jure, entonces- continuó con súbita gravedad -, jure que jamás dirá a
nadie una sola palabra de lo que voy a contarle. Júrelo por el alma de
su madre muerta.
Mi madre vive aún- replicó Bevan.
Lo sabía - exclamó su acompañante, mientras una extraña mirada de compasión
iluminaba su rostro tostado por el sol. Era la misma mirada que tienen
muchas estatuas de Buda, una mirada de misericordia divina, impersonal.
Entonces júrelo por el ministro de Justicia.
Bevan estaba más persuadido que nunca de que el extraño era francés.
Sin embargo, hizo inmediatamente el juramento requerido.
Mi nombre - dijo el otro - es Duguesclin. ¿No les dice nada?- Preguntó
ansiosamente- ¿No les trae algo a la memoria?
Me temo que no.
Lo sabía - dijo el hombre del trópico -. Entonces tendré que contarle todo
desde el principio. Por mis venas corre la sangre ardiente del más grande
de los guerreros franceses, y mi madre descendía en línea directa de la
Doncella de Zaragoza.
Bevan no pudo reprimir un sobresalto.
Después del sitio, señor, se casó con un noble.- dijo bruscamente- ¿Cree
usted que un hombre de mi abolengo permitiría que un extraño se atreviera
a insinuar algo que ofendiese la memoria de mi tatarabuela?
El inglés afirmó atropelladamente que nada semejante se le habría cruzado
jamás por la cabeza.
Mejor así - prosiguió el otro, más calmado -. Sobre todo si tiene en cuenta
que soy un asesino.
Ahora Bevan estaba bastante alarmado.
Estoy orgulloso de eso- continuó Duguesclin. A los veinticinco años de edad
mi sangre era más ardiente que hoy. Me casé. Cuatro años más tarde encontré
a mi mujer en brazos de un vecino. Después degollé a nuestros tres niños,
porque las serpientes solo engendran serpientes. Degollé a nuestros criados
porque fueron cómplices del adulterio, y si no lo fueron, tampoco debían
presenciar la deshonra de su amo. Degollé a los policías - serviles
mercenarios de una república corrupta- que vinieron a arrestarme.
Prendí fuego a mi castillo, resuelto a morir bajo los escombros. Por
desgracia un pedazo de mampostería, al desprenderse, me golpeó el brazo.
Mi rifle cayó al piso. Alguien vio el accidente, y los bomberos me
rescataron. Me propuse vivir, pues tengo un deber con mis antepasados:
continuar con el linaje del que soy el único vástago directo. Ahora viajo
por Inglaterra en busca de una esposa.
Hizo una pausa, y observó con orgullo el paisaje que los rodeaba.
Bevan evitó hacer el inevitable comentario acerca del sorprendente
desenlace del relato del francés. Sólo preguntó:
Entonces, ¿no fue condenado a morir en la guillotina?
No, señor- replicó el otro con vehemencia.
Por aquel tiempo la pena capital jamás se aplicaba en Francia, aunque no
había sido abolida oficialmente. Me atrevería a decir - agregó, con la
soberbia de un senador- que mi acción contribuyó a que la restablecieran.
-- Fui sentenciado a prisión perpetua en la isla del Diablo.- Al decir esto
se estremeció. ¿Puede concebir a esa isla siniestra? ¿Puede imaginar
siquiera una vislumbre de su horror? ¿Puede una pesadilla eclipsar ese
infierno, ese limbo habitado por los malditos? Uso palabras fuertes,
señor, pero no hay palabras que puedan describir ese infierno: arena,
alimañas, cocodrilos, serpientes venenosas, miasmas, hambre, yuyos
hediondos, pantanos que exhalan olores mortíferos, arboles horrendos
y rebosantes de veneno, calor inaguantable, insoportable (eso dijo el
Daily Telegraph en la época del caso Dreyfus); un calor continuo y
sofocante, sin la menor brisa salvo el hedor pestilente que proviene
del lago, un calor que deja la piel convertida en un mar de irritación
que recibe con alivio las picaduras de los mosquitos y los ciempiés,
las interminables tareas bajo el sol tórrido, los azotes ante la menor
infracción a las duras reglas de la cárcel o a las leyes de cortesía
hacia nuestros guardianes, hombres apenas menos malditos que nosotros.
Pero estos tormentos eran lo de menos. La crueldad es el único
entretenimiento de los gobernadores de una prisión como esa, y su propio
desasosiego los vuelve más ingeniosos que los inquisidores de España, que
los árabes en su furor religioso, que los chinos en su fría crueldad
lujuriosa. El gobernador era un gran conocedor de la psicología humana,
conocía cada rincón de la mente de los hombres y utilizaba ese conocimiento
para torturarnos.
-- Recuerdo que un preso disfrutaba manteniendo su pala siempre pulida, como
ordenaba el reglamento, algo casi imposible en un lugar donde el moho cubre
todo en segundos. El director advirtió que ese hombre disfrutaba con el
reflejo del sol en el acero, y le prohibió que usara su pala. Una tontería,
por cierto. ¿ Qué sabe usted lo que significan esas tonterías para los
presidiarios? El hombre se volvió loco, sólo por esa tontería. Estaba
convencido de que la refinada crueldad de ese acto era la prueba final
de la innata e inherente vileza del universo. La demencia es la consecuencia
lógica de una certidumbre semejante. No, señor, le ahorraré la descripción.
Bevan pensó que las descripciones habían sido abundantes, y con
esa inclinación a la complacencia que tienen los ingleses conjeturó que
Duguesclin exageraba, pues sabía que los franceses eran propensos a ello.
Pero observó que debió de haber sido una experiencia terrible. Habría dado
cualquier cosa, ahora, por haber evitado esa conversación. No era nada
agradable encontrarse en un andén solitario con un hombre que confesaba
ser un asesino múltiple, y que probablemente habría escapado de la cárcel
mediante una consecuente y prolongada cadena de crímenes.
- Pero ¿quiere saber cómo escape de allí?- continuó Duguesclin. Eso, señor,
es lo que me dispongo a contarle. Mis observaciones anteriores no han sido
más que una introducción; sé que carecen de interés, pero eran necesarias,
ya que usted tuvo la gentileza de interesarse en mi persona y en la historia
de mi familia.
Bevan reflexionó nuevamente que, a diferencia del gobernador de la isla del
Diablo, su interlocutor debía de tener un magro conocimiento de la psicología
humana, dado que el no había expresado ni sentido el menor interés por ninguno
de esos dos temas.
Todos los convictos teníamos un placer universal, que sólo cesaba con
la pérdida de la vida o de la razón, un placer que el director podía
restringir (y de hecho lo hacía), pero no eliminar. Me refiero a la
esperanza... a la esperanza de escapar. Sí, señor, esa llama (la única
que quedaba del antiguo fuego) ardía aún en mi pecho, y en el de mis
compañeros de cárcel. Pero sabía que no podría hacerlo sólo. No poseo
un gran intelecto- prosiguió con modestia -, mi abuela era de pura
ascendencia inglesa, una Higgibotham, de los Higgibotham de Warwickshire
- (--¿ qué tiene que ver eso con su estupidez?, pensó Bevan)- y la mayoría
de mis compañeros eran hombres desprovistos no sólo de inteligencia, sino
de educación. La única excepción era nada menos que el gran Dodu ¡Ja! ¿le
sorprende? - Bevan seguía imperturbable.
-Sí, el mismo. El filósofo de fama mundial, el descubridor del
dodium, el más raro de
los elementos conocidos, hasta tal punto que se
supone que en todo el universo no hay más de treinta y cinco mil fracciones
por miligramo, y esto sólo en una estrella llamada Pegasi. Dodu destruyó el
proceso lógico de la permutación, y redujo el cuadrilátero de oposiciones a
la condición de cuadrado británico en Abu - Klea. Usted sabe todo esto, pero
tal vez ignore que, pese a ser un civil, era el más grande estratega de
Francia. Desde su gabinete trazó el despliegue de las tropas en las
Ardennes, y el plan de 1890 para las fortificaciones de Lunéville se
debió pura y exclusivamente a su mente genial. Por esta razón el gobierno
se resistía a condenarlo, si bien la opinión pública se había pronunciado
duramente contra su crimen. Como usted recordará, luego de probar que las
mujeres mayores de cincuenta años eran una carga inútil para el Estado,
demostró su convicción decapitando y devorando a su madre viuda. El
gobierno se proponía facilitar su escape durante el trayecto a la isla,
para esconderlo en algún lugar seguro y continuar utilizando sus servicios.
Sin embargo, el gobierno fue derrocado sorpresivamente; Dodu fue desplazado
por un rival, y las autoridades de la isla lo trataron como a un criminal
común.
-- Dodu era el hombre indicado (naturalmente) para idear un plan de
fuga. Pero por más que me exprimiera los sesos - mi abuela era una
Higgibotham de Warwickshire -, no lograba encontrar un modo de llamar
su atención. Sin embargo, él debió de adivinar mis intenciones, pues,
un día, al cumplirse aproximadamente un mes de su llegada a la isla (yo
había llegado siete meses antes) tropezó y cayó como fulminado por el sol
precisamente cuando yo pasaba junto a él. Mientras yacía en el suelo,
consiguió pellizcarme tres veces en el tobillo. Busqué su mirada; alcanzó
a esbozar la señal de reconocimiento de la fraternidad masónica. ¿ Es usted
masón?
Soy Pasado Provincial del Gran Portador de la Espada de esta provincia -
respondió Bevan. Soy fundador de la Logia 14.883, --Boética--, y de la Logia
17.212, --Colenso--. Y soy Pasado Gran Haggai en mi Gran Capítulo Provincial.
¡Lo sabía! - exclamó Duguesclin con entusiasmo.
Bevan comenzó a sentirse sumamente incómodo con esa conversación. ¿Acaso
este hombre - este criminal- lo conocía? Sabía que era juez de paz, que su
madre estaba viva y ahora había demostrado que conocía su rango masónico.
Este francés le provocaba cada vez mayor desconfianza. ¿ Su relato no sería
más que un pretexto para pedirle un préstamo de dinero? El extraño parecía
próspero y viajaba en primera clase. Tal vez fuese chantajista, que sabía
otras cosas sobre él, como por ejemplo aquella aventura en Oxford o el
incidente de Edgware Road, o aquel asunto de Esmé Holland. Resolvió estar
más alerta que nunca.
Comprenderá la alegría - siguió Duguesclin, inocente o indiferente ante los
pensamientos siniestros que ocupaban la mente de su interlocutor - conque
recibí y respondí esa inconfundible muestra de amistad. Aquel día no se
presentó otra oportunidad de comunicarnos, pero la mañana siguiente lo
observé minuciosamente y vi que arrastraba los pies de una manera
extraña. -- ¡Ja! --, pensé, -- una zancada para una señal larga y un paso
común para una corta. Lo imité ansiosamente, haciendo la letra A en
código Morse. Su mente privilegiada captó de inmediato mi mensaje;
alteró su código (que era de un orden diferente al mío) y respondió
con una B en Morse, utilizando mi propio sistema. Contesté con una C;
replicó con una D. A partir de entonces pudimos comunicarnos con total
fluidez y libertad. , como si estuviéramos en la terraza del Café de la
Paix en nuestra amada París. Sin embargo, mantener una conversación en
semejantes circunstancias lleva su tiempo. Durante toda la marcha a las
barracas sólo consiguió decir: -- Escapemos pronto... por Dios. Antes de
cometer su crimen, se consideraba ateo. Me alegró enterarme de que el
castigo lo había incitado a arrepentirse.
Bevan se sintió aliviado. Era incapaz de admitir la existencia de un masón
francés; que uno de ellos se hubiese arrepentido lo llenaba de una sensación
de triunfo casi personal. Empezó a sentir simpatía por Duguesclin, y a creer
en sus palabras. Su falta había sido espantosa; si su venganza parecía
excesiva y aun indiscriminada, ¿acaso no se debía a su nacionalidad? Los
franceses cometían esa clase de locuras. Y después de todo los franceses
también eran seres humanos. Bevan sintió una intensa sensación de
benevolencia; recordó que su interlocutor no sólo era un hombre,
sino también un cristiano. Resolvió esmerarse para que el extraño se
sintiese cómodo.
- Su relato me interesa enormemente -dijo. Siento una profunda simpatía
por los horrores y sufrimientos que les ha tocado vivir. Me Alegra que haya
logrado escapar, y le ruego que continúe con la narración de sus aventuras.
Duguesclin no necesitaba esas palabras de aliento. Lejos del apático
desgano con que había bajado del tren, su actitud se había tornado animada,
chispeante, exaltada; estaba arrebatado por la excitación que le producían
sus apasionados recuerdos.
-El segundo día Dodu logró explicarme sus pensamientos. "Escaparemos con
una estratagema", me informó. Era un comentario obvio, pero Dodu no tenía
por qué tener una alta opinión de mi inteligencia. "Con una estratagema",
repitió con énfasis. -"Tengo un plan", continuó. "Me llevará
veintitrés días comunicárselo, si no somos interrumpidos; entre tres y
cuatro meses para prepararlo; dos horas y ocho minutos para ejecutarlo.
En teoría es posible escapar por aire, por agua o por tierra. Pero nos
vigilan día y noche, y sería inútil tratar de cavar un túnel que nos
llevara al continente; no contamos con aeroplanos ni globos, ni tampoco
con medios para construirlos. Pero si pudiéramos llegar a la costa,
robaríamos un bote y nos lanzaríamos al mar".
"Dodu explicó que me decía esas obviedades por varios motivos: (1) para
evaluar mi inteligencia de acuerdo con la comprensión que yo tenía de
ellas; (2) para asegurarse que si fallábamos sería causa de mi estupidez
y no porque hubiera dejado de informarme en cada detalle; (3) porque había
adquirido ese hábito profesional como otro hombre contrae la gota".
-¿Comprende cuál era el plan?
Bevan respondió que le parecía el único plan posible.
-Un hombre como Dodu -continuó Duguesclin- no da nada por sentado.
Ninguna precaución es poca; y si el azar es un factor en sus planes, es un
factor cuyo valor está cal culado con veintiocho fracciones de decimal.
Pero acababa de transmitirme los rudimentos de su esquema, cuando nos
interrumpieron. El cuarto día se limitó a señalarme una y otra vez:
"¡Espere! ¡Obsérveme!"
"por la tarde se las ingenió para ubicarse en el final de la fila
de presidiarios, y recién entonces me explicó su problema: "Hay un traidor,
un espía. De ahora en adelante utilizaré una nueva manera de comunicarle los
detalles de mi plan. Lo he pensado a fondo. Me comunicaré por medio de
acertijos, que ni siquiera usted logrará resolver a menos que tenga todas
las partes y la clave. Procure gravar en su memora cada una de mis palabras".
Al día siguiente: ¿Recuerda el viejo molino que los prusianos tomaron en
1870? Mi dificultad está en que debo proporcionarle el esqueleto del
rompecabezas, pero no puedo hacerlo con palabras. Observe las líneas trazadas
por mi pala y por mis huellas, y cópielas".
"Hice lo que me ordenaba con la mayor precisión posible y obtuve esta
figura. En mi autopista -dijo Duguesclin dramáticamente-, la encontrarán
grabada sobre mi corazón".
Extrajo una libreta de su bolsillo, y dibujó rápidamente la siguiente
figura:
- Como ve, la figura tiene ocho lados y esas veintisiete cruces están
dispuestas en grupos de tres, mientras que en uno de los ángulos hay una
cruz mucho más grande y gruesa y dos cruces más pequeñas no demasiado
simétricas. Este grupo representa el factor del azar; y si recuerda que
ocho es el cubo de dos, y veintisiete el de tres, vislumbrará algo de la
verdad.
Bevan adoptó una expresión de inteligencia.
-- En el camino de regreso - prosiguió Duguesclin -, Dodu dijo: -- El espía
está alerta. Cuente las letras que hay en el nombre del discípulo favorito
de Aristóteles. Era una alusión a Platón, y por ende a Sócrates; entonces
conté A -L - C - I - B - I - A - D - E - S = 10, y así burlé por completo
al espía. Al día siguiente, repitió -- Rahu, con mucho énfasis, dándome a
entender que el próximo eclipse lunar sería el momento adecuado para
nuestra evasión, y pasó el resto del día comentando trivialidades, a fin
de acallar las sospechas del espía. Durante tres días no tuvo oportunidad
de decir nada, ya que estuvo con fiebre en el hospital. El cuarto día:
--Descubrí que el cochino espía es un teniente opiómano de Toulon. Lo tenemos;
no conoce París. Ahora bien, dibuje una línea que vaya desde la Gare de I'Est
a la Etoile; construya un triángulo equilátero sobre esa línea. Piense en el
nombre del hombre, famoso en el mundo entero, que vive en el vértice. ( Esto
fue un toque de suprema genialidad, pues me obligó a usar el alfabeto inglés
como base para la clave, y el espía no hablaba sino su propia lengua, excepto
un poco de suizo.) --A partir de ahora me comunicaré con un código formado por
el orden numérico aditivo directo, cuya clave será ese nombre--.
-- Fue gracias a mi fuerte contextura física que pude sumar la tarea de
descifrar sus mensajes a las penurias impuestas por el gobierno. Memorizar
perfectamente un mensaje cifrado de media hora de duración es toda una
hazaña mnemotécnica, en especial cuando el mensaje descifrado está envuelto
en el más oscuro simbolismo. Por ejemplo, recibí este mensaje:
owhmomdvvtxskzvgcqxzllhtrewz, que, al ser descifrado, sólo significaba
-- los duraznos de 1761 brillan en los jardines de Versailles. O este otro:
-- Hunt, el Papa preso; la Pompadour; el Ciervo y la Cruz-- .
- ¡ De esas indicaciones yo debía extraer un plan de evasión! Quizá más por
intuición que por raciocinio, de unas doscientas pistas de esa clase deduje
que los guardias Bertrand, Rolland y Monet había sido sobornados, y que
además les habían prometido un ascenso y (lo más importante) una
transferencia lejos de esa isla aborrecible, si colaboraban con nuestra
fuga. Al parecer el gobierno necesitaba los servicios de su mayor estratega.
El eclipse estaba previsto para dentro de diez semanas, y no requería
sobornos ni promesas. La dificultad era asegurarse la presencia de Bertrand
como centinela en nuestro corredor, Rolland en el cerco que rodeaba la
prisión y Monet en el puesto de vigilancia. Las probabilidades de que tal
combinación se produjera durante el eclipse eran infinitesimales: una
contra 99, 487, 306, 294, 236, 873, 489.
-- Hubiera sido una locura confiar en la suerte en un asunto tan importante.
Sin embargo, el tono de confianza que se desprendía de los mensajes de Dodu
(cosechan uvas en Burgundy; las exprimen en Cognac; ¡Ja! -- -- Un soufflé
sucré nos espera a orillas del Sena, y otros similares), me hacían pensar que
su cerebro colosal había resuelto satisfactoriamente el problema. El plan era
infalible. La noche del eclipse esos tres guardias estarían de servicio en los
lugares indicados; con pedazos de su propia ropa Dodu atacaría y amordazaría
a Bertrand, y luego me rescataría. Juntos atacaríamos a Rolland, tomaríamos
su uniforme y su rifle, dejándolo atado y amordazado. Luego correríamos
hacia la playa, haríamos lo mismo con Monet, y después, vestidos con sus
uniformes, robaríamos un bote de pesca, remaríamos hasta el muelle y en
nombre del director pediríamos su yate para perseguir a un fugitivo. Luego
buscaríamos la ruta de los bosques e incendiaríamos el yate, a fin de ser
-- rescatados -- y llevados a Inglaterra, desde donde negociaríamos nuestra
rehabilitación con el gobierno francés. --
-- Dodu había pensado hasta el más mínimo detalle, pero llegó el día fatal.
El espía, abatido por la fiebre amarilla, cayó muerto mientras trabajábamos.
De inmediato, sin dudarlo un momento, exponiéndose a un castigo atroz, Dodu
corrió hacia mí y me susurró: -- El plan que le expliqué en clave durante
estos cuatro meses era una pantalla. Ese espía lo sabía todo. La muerte
ha sellado sus labios. Tengo otro plan, el verdadero plan, más simple y
seguro. Se lo diré mañana.
-- El silbido de una locomotora que se acercaba interrumpió este trágico
episodio de las aventuras de Duguesclin.
-- Sí, dijo Dodu - continuó el narrador - -- Tengo un plan mejor. Una
estratagema. Se las diré mañana.
-- El tren que debía llevar al narrador y a su oyente a Mudchester asomó
por la curva. Esa mañana nunca llegó. El mismo sol que había matado al
espía destruyó el gran cerebro de Dodu. Esa misma tarde, convertido en
un maníaco balbuciante, fue arrojado dentro de una celda de aislamiento,
de la que ya nunca saldría.
-- El tren se detuvo en el andén de la modesta estación. El guarda hizo
sonar su silbato casi en la cara de Bevan.
-- Ni siquiera era Dodu - exclamó -, era un criminal común, un epiléptico;
nunca debieron enviarlo a la isla del Diablo. Estaba loco desde hacía
meses. Sus mensajes no tenían el menor sentido, ¡ todo había sido una
broma cruel!
Pero ¿cómo, - dijo Bevan, volviéndose mientras trepaba al vagón - cómo
logró escapar al fin?
Con una estratagema - respondió el irlandés, y de un salto subió a otro
compartimento.