La novela es sobre un empleado bancario cuya ambición en la vida era levitar

Por Michael Hollingshead, contado por Timoty Leary



La novela es sobre un empleado bancario cuya ambición en la vida era levitar. Durante años estudió con maestros de lo oculto, yoguis, y leyó la sabiduría del Este. Durante años meditó y practicó en su habitación, sin resultados.
Entonces, un día, en el banco, parado atrás de la ventanilla de cajero, contando libras, chelines y peniques, se encontró elevándose lentamente sobre el piso. Media pulgada, una pulgada, dos pulgadas, cerró sus ojos y se dejó llevar. Cuando abrió sus ojos estaba dos pies por encima del piso, a punto de remontarse más allá de la ventanilla. Con un rápida tranquilidad mental, alcanzó el anaquel superior y detuvo su movimiento ascendente. Rápidamente se empujó de nuevo hacia la tierra, miró nerviosamente a su alrededor para asegurarse de que nadie lo había visto, y se quedó allí transpirando, temblando, asustado y exultante.
Después de un minuto, liberó experimentalmente su mano del mostrador y sintió sus zapatos dejando la tierra. Volvió a agarrarse de abajo y con su mano izquierda empujó el cartel de caja cerrada hacia adelante. Cinco minutos depués sintió que algo hizo click en su cabeza. Se soltó del mostrador y sintió el tranquilizador tirón de la gravedad sosteniendo sus pies sobre la tierra.
No pensó en otra cosa toda la noche. A la misma hora, el siguiente día, cuando estaba contando libras, chelines y peniques, sintió una energía suegiendo a través de su cuerpo, y lentamente la habitación empezó a deslizarse hacia abajo. Durante los siguientes quince minutos siguió haciendo su trabajo con un pie enganchado abajo de la barra inferior de la máquina de calcular.
Esa noche, en su casa, a través de meditación profundizada por yoga, trató de duplicar la levitación y no pasó nada. El dí siguiente, de todas formas, después del almuerzo, volvió a pasar, y esta vez, para su horror, persistió. Quince minutos, veinte minutos, media hora, una hora, se colgó de la ventana con un pie enganchado abajo de la máquina de calcular. Estaba bañado con un sentimiento de liviandad. Deliciosas fuerzas eléctricas surgían por todo su cuerpo. Un sentimiento de exultación y revelación fluía sobre él, pero bajo todo esto estaba la preocupación, ¿Qué iba a hacer? Si se relajaba, se entregaba al flujo extático, sabía que lentamente iba a subir en espiral vestido con su camisa blanca y su corbata con flores, y su traje de negocios gris ceniza, frente a los asombrados y enojados ojos de los empleados del banco y los clientes. Transpirando y temblando, siguió las rutinas del negocio hasta la hora de cierre, su pie derecho sosteniéndolo contra el piso. Entonces, agarrándose del mostrador hasta que sus nudillos se pusieron blancos por el esfuerzo, lenta y deliberadamente caminó la trayectoria rectilínea hasta la esquina de la habitación. Rápidamente, cambiando a su mano izquierda para agarrarse de una mesa, fue hacia la puerta. Había un espacio agonizante entre el escritorio y la puerta, donde no había nada de que agarrarse. Se agachó, con la excusa de atar los cordones de sus zapatos, y, con un salto repentino, se lanzó y flotó hacia la manija de la puerta, la cual apenas puedo atrapar con su mano derecha mientras pasaba flotando.
El resto del viaje a su departamento fue una pesadilla extática. Nunca fue el cielo tan azul. Sus ojos eran microscopios registrando la precisión y belleza como de joya que tenían las veredas, y los postes de luz. Era un pez, nadando en una laguna multicolor tachonada de diamantes. Pero un pez con un problema incesante. Cómo evitar flotar hacia arriba através del entorno acuoso cargado de energía cuando su rol y responsabilidad social era, obviamente, arrastrarse como un cangrejo a través del fondo de la laguna.
Agarrándose de un poste de luz, llamó un taxi. Una rápida transferencia de manos a la puerta del taxi. Finalmente dentro de su living, donde se ató a su sofá. Llamó a la oficina para anunciar que se tomaba dos semanas libres por enfermedad. Un llamado a su novia para que venga inmediatamente.
Había, aparentemente, estado cortejando a una hermosa joven durante varios meses. Una cierta cautela y mucha seriedad de su parte la habían inclinado a resistir sus avances. Pero ahora le anunció que había dejado su trabajo, quizá para no volver, y que se dirigía a un lago aislado en el campo. Fascinada, estuvo de acuerdo con irse con él. Aquí estaba, quizá, el amante casual y descuidado que ella preferiría.
Su habitación en la posada del campo tenía un balcón que daba al lago de abajo. Cenaron allí con velas, los vasos de champagne respandeciendo con el movimiento de las llamas.
La cena terminó con beso robado, acariciante, ella se fue al baño, echándole una mirada a la cama matrimonial. El se desvistió rápido, con una mano sosteniendo el colchón. Ella emergió desnuda del baño, el pelo suelto alrededor de sus hombros, y él soltó sus manos para abrazarla. Y entonces, suavemente, tiernamente, girando levemente como un globo en una tarde de verano en el cielo del parque, el flotó hacia arriba, arriba, más alá de sus brazos extendidos, y su hermosa cara ahora transfigurada con sorpresa y terror. Arriba, arriba, hasta el cielorraso, donde se encontró clavado con una suave sacudida.
Ella permaneció abajo, adolorida, desnuda y vulnerable. Primero molesta y descreída. Luego, mientras él explicaba, yaciendo con su espalda sobre el cielorraso, sus brazos gesticulando hacia abajo, ella empezó a intrigarse, deleitada.
Después de dos horas ella estaba sentada en una silla con sus piernas cruzadas, fumando y tirando cigarrillos en el cenicero. El yacía en el cielorraso, sus ojos cerrados, cubierto de sudor, concentrándose, deseando, meditando. Finalmente ella se fué rápidamente al baño y emergió totalmente vestida. Hizo una pausa en la puerta. Llamame, cuando estés listo para bajar, dijo. Y se fué.
Sus brazos se sacudieron llamándola como ramas de árboles en una tormenta de viento. El yacía despatarrado contra el cielo raso con pintura resqubrajada color gris ceniza. Y entonces, las lágrimas cayeron y se juntaron en dos pequeñas piletitas, en la cama abajo de él




 

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